Ya se nos va el otoño, ese tiempo que fue creado para meditar sobre las inconsecuencias del verano, antes de que el invierno nos seque el alma y aleje las esquinas del espacio empujadas por la desolación. El verano es la época de la irresponsabilidad, el momento propicio para escapar de nosotros mismos y vivir una ficción. Las ciudades sacan a bailar su alma chocarrera y en las costas se amontona el muladar de carne frita. Entre esa cúspide de la trivialidad y el invierno sordomudo, queda el otoño atrapado como un reo a la espera de su ejecución. En otoño es obligado recogerse. A veces, como si recogiéramos cenizas.
Pero el invierno, a pesar de su estupefacción, mantiene una esperanza soterrada porque los días crecen, y entre la Epifanía y San José se nos van abriendo los ojos. No así el otoño, que es, hasta el final, apagamiento y crepúsculo que apenas dura unos minutos. De ahí esa urgente necesidad de meditar, envueltos por una atmósfera de oro polvoriento, como los ancianos de Rembrandt. En otoño deberíamos subir a los graneros, si aún los hubiera y si las casas conservaran alguna dignidad. Allí arriba, arropados por sacos de avellana, cajas de higo seco, tarros de miel e hiladas de tomate colgando de las vigas como murciélagos rojos, podríamos meditar en lo que nos espera, mientras pasan por el ventanuco las torpes avefrías. Desde allí, ver cómo se abren las granadas, las ramas del manzano se inclinan, el musgo vuelve a encenderse, la bruma funde los contrastes chillones del verano y el bosque regresa al mundo secreto de los gnomos que habitan en las amanitas. Estar en casa y en uno mismo, cuando todavía no es una condena. Mantenerse a cubierto libremente, y no por miedo al frío. Buscarse, antes de que la tierra nos encuentre.
Así lo entendió John Keats, que sólo conoció 25 otoños y ya tuvo suficiente. Quienes han superado ese número, no tienen perdón si se van de este mundo sin una idea fija, meditada y severa del otoño, la estación del tránsito. Si se presta atención y la curiosidad no ha muerto, el número de otoños quizás importa menos. Lo que importa, por encima de todo, es ver qué tiempo hace, y dejar que el tiempo nos reencuentre.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2001