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COLUMNA

Alfaguara

Las mañanas de los sábados no tienen alma de cenicero. Aunque la noche del viernes sea larga y cruel, el tiempo de los sábados corre limpio como el aire de la sierra. Es una cuestión de forma y contenido. Bajo las nubes, bajo la humillación de los excesos y la tinta gris de la resaca, late el significado de un pequeño horizonte de tranquilidad, un paréntesis de vida en las urgencias del reloj. Y la sensación del tiempo propio, de la realidad cumplida en sí misma, nos une a un infinito apaciguado y modesto que llamamos presente. Las mañanas de los sábados huelen a café, saben a pan tostado con aceite y sal, suenan a rumor lejano de coches en la calle, ponen en los ojos un paisaje seleccionado entre los valles de la memoria, y dejan en las manos una tibieza hospitalaria de cuerpo dormido. Las mañanas de los sábados le devuelven a los rincones de la casa una cercanía sensorial con el mundo, una extraña complicidad entre la piel y la tierra. Podemos caminar por los pasillos igual que se camina por una vereda de montaña.

La Sierra de la Alfaguara está muy cerca de Granada. A diez minutos de coche, casi en un descuido del tráfico y de los traficantes, las veredas empiezan a elevarse hacia los pinos, las rocas y el viento. Más que dos pueblos, Víznar y Alfacar son dos hombros que sostienen una soledad de cuevas, fuentes y pájaros. El caminante olvida incluso los nidos de ametralladora y las viejas trincheras de la Guerra Civil, huellas lavadas por la escarcha y la lluvia. Como las alimañas, la Historia tiene pudor y se esconde en su madriguera. Mientras asciende, mientras respira y funde el aire de su paso con la quietud quebradiza de los árboles, el caminante olvida los apremios y las indignaciones, las culpas y las exigencias. No comprende por qué tarda tanto en venir, por qué no aprovecha la cercanía salvaje de las montañas. Y huele el frío limpio del viento, y siente en la piel la humedad vegetal del silencio, y oye el aviso disciplinado de los pájaros, y recupera un olvidado sabor a sí mismo, y contempla desde lo alto la neblina que cubre la ciudad, el rumor impresionista de la luz entre los edificios. Al fondo, Granada sigue durmiendo tranquilamente bajo la mañana del sábado, porque la lejanía tiene forma de sueño y contenido de sábado. El caminante bebe agua, descansa un momento en la roca mientras observa la ciudad, violeta y dormida, como una invención amable de sus cinco sentidos corporales.

La crueldad no es un accidente, es el desarrollo indiscreto de las normas. La barbarie condensa metafóricamente el sentido de nuestras rutinas. En el campo de concentración de Guantánamo, hemos visto a prisioneros de guerra con trajes ideados para la privación sensorial. Y nos hemos visto a nosotros mismos, una extensión cruel y bárbara de nuestra realidad. El caminante respira el aire de la sierra y piensa que debe volver pronto a la montaña, subir con más frecuencia, aprovechar la cercanía. Pero la distancia no es una cuestión de kilómetros, y pasarán muchos días hasta que regrese, hasta que vuelva a aprovechar las razones de un sábado por la mañana, los argumentos de las cosas que no tienen alma de cenicero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002