A sus 90 años, Louise Bourgeois (París, 1911) se erige entre los principales referentes mitificados por la escena artística del tramo final del siglo, consagración que, en el caso de la escultora francesa afincada en Nueva York, no se consumaría sin embargo sino de forma inusitadamente tardía. En 1974, año en el que realiza la instalación La destrucción del padre, considerada hoy como un punto de inflexión decisivo en la evolución de su trabajo, con más de tres décadas de trayectoria a sus espaldas, apenas acumulaba diez muestras individuales en su haber. A partir de ese punto, y sobre todo a raíz de la retrospectiva que el MOMA le dedicará en 1982, el despegue será fulgurante. En los siguientes tres lustros, realizará cerca de medio centenar de exposiciones personales, muchas de ellas revisiones antológicas de su trabajo en los principales museos americanos y europeos.
LOUISE BOURGEOIS
Galería Soledad Lorenzo Orfila, 4. Madrid Hasta el 2 de marzo
Las razones de tan súbito y
enfebrecido contagio hay que situarlas en el potencial que la invención surrealizante de Bourgeois, híbrida y metamórfica, o la creciente ambición escénica de sus propuestas obtenían de su coincidencia con el gusto emergente tras la crisis del canon moderno, pero, muy especialmente, en el feminismo compulsivo que impregna su teatralización alegórica del propio escenario familiar de la infancia, y que venía a brindar en su figura un antecedente paradigmático con relación a uno de los estereotipos privilegiados por las modas dominantes en el discurso artístico finisecular. Esa feliz confluencia derivó en un compulsivo proceso de canonización que, a mi juicio, resulta desmedido y que, como suele ocurrir en estos casos, al cambiar el viento puede pasarle factura, con una reacción de signo contrario que, sin embargo, no sería a la postre menos injusta. Porque Luis Bourgeois es, lejos de toda duda, una artista de talla, de intensidad y autenticidad bien contundentes, discontinua en su alcance y tendente al efectismo, pero que despierta registros de decisiva inquietud. Y nada avala mejor ese hecho que aquellas, de entre sus piezas más rotundas, que, partiendo de coordenadas argumentales más tópicas o incluso estomagantes, alcanzan luego un umbral definitivo, sea en los confines del resentimiento o el desamparo, de resonancias incomparablemente más esquivas, turbadoras e insondables.
La muestra que motiva este comentario, segunda que la galería madrileña dedica a la escultora, da de nuevo fiel testimonio del mejor hacer de la artista francoamericana. Las piezas reunidas en esta ocasión, todas ellas recientes, corresponden en su mayoría a esa deriva de figuras compuestas con parches de tejido que han dominado la producción de Bourgeois. Varias cabezas, una inquietante maternidad y una derivación algo rutinaria de la serie Cell, dan paso, hacia los espacios del fondo, a otros encuentros de voltaje incomparablemente más alto.
Así ocurre, desde luego, con el desgarro de Figura arqueada, reemergencia textil del histórico cuerpo convulso del Arco de histeria de 1992. Pero los logros decisivos se sitúan, a mi entender, en el desasosiego de esa otra maternidad de la diminuta mujer con muleta y una pata de leño (una imagen ya sugerida por la escultora con la fémina arbórea de Topiaria III) y, desde luego, en el inquietante Confesionario de hierro y su ambivalente evocación de la intimidad suspendida con la ausencia del padre.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002