En realidad, lo que está en su corazón está en muchos otros, porque las tribulaciones de Camila, la heroína de la novela con la que la chilena Marcela Serrano estuvo a punto de ganar el último Planeta, no son a la postre distintas de las de muchas otras abanderadas de la novela latinoamericana escrita hoy por mujeres que se sirven de mujeres a la hora de narrar una Arcadia envilecida por la corrupción, que el relato trata de redimir por la sensiblería, y de la que esas mismas mujeres han sido proscritas. Camila llega a una Chiapas enmascarada por la revolución zapatista -está de nuevo el llano en llamas- con el encargo de escribir un reportaje, la carga de un hijo que ya no tiene y la convicción de que su matrimonio hace tiempo que embarrancó en los arrecifes del fracaso. Sin demasiado esfuerzo descubrirá el lector que lo que está en el corazón de Camila es tanto el desvalimiento tras sus heridas emocionales y el secuestro de que será objeto por parte de las bandas paramilitares -en ocasiones en la frontera del melodrama- cuanto la solidaridad con un pueblo indígena que encarna la pérdida de las libertades, y que en cambio se retrata en la novela de un modo aséptico, entre anodino y demagógico, reducido a un papel de figurante colectivo, de mero escenario humano al que alude la protagonista robándole el relieve que la lógica interna del relato le pide a gritos. Las escenas de folclore indio, los ideales revolucionarios, hasta su relación con el atildado Luciano, italiano escapado de una novelita rosa, adquieren un carácter previsible que no importará a los lectores más acomodaticios, aunque admitamos que tal vez a otros les defraude. El esfuerzo llevado a cabo por Marcela Serrano en aras de dotar de personalidad y de autonomía a la voz de su narradora protagonista, insuflándole candor a granel e introspecciones -más encorsetadas de lo que uno esperaría, pensará más de un lector- no resulta baldío, pero si no se hace del todo evidente es porque el abuso de la interrogación retórica y cierto regodeo en la frase sentenciosa -'la piedad debía (de) ser la madre doliente del amor' (página 70)- cargan las tintas de la retórica y, espesando la prosa, desbaratan el tono intimista que se pretende: '¿Es posible que el devenir se frene, se inmovilice, se empantane, se congele en un lugar específico que alguna vez alguien debió apuntar? Futuro transformado de antemano en una estatua de sal' (página 103). Más allá, sin embargo, de las carencias literarias que se le puedan reprochar a Lo que está en mi corazón, el lector encontrará en sus páginas un ejemplo notable de escritura comprometida, y a la vez una reflexión estimulante acerca de los pueblos condenados a cien años de soledad, del porqué del mesianismo que tarde o temprano impregna las revueltas populares de América Latina, del modo en que deberían conciliarse la globalización y los orígenes mayas, y del por qué la democracia y el bienestar de las mayorías se convierten irremisiblemente en un ejemplo más del mito de Sísifo cuando se piensa en Latinoamérica.
LO QUE ESTÁ EN MI CORAZÓN
Marcela Serrano Planeta. Barcelona, 2001 271 páginas. 17,73 euros
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002