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Crítica:

La vida después de la vida

La escritora Rhea Galanaki aborda en Helena o Nadie los desafíos de la mujer en las sociedades tradicionales a través de una pintora del siglo XIX.

En el canto IX de la Odisea, Ulises le dice al cíclope que su nombre es Nadie y que Nadie le llaman su padre, su madre y todos sus compañeros. Ulises oculta su identidad tras un nombre que no otorga carácter de individuo y que podría ser sustituido tanto por 'Todos' como por 'Ninguno'. La engañosa disyuntiva se establece, por tanto, entre ser 'uno mismo' o 'Alguien', es decir, Nadie, pues en la personalidad oculta, anónima, está el origen del arte, igual que tras el huésped sin nombre del cíclope está el héroe que regresa a su patria. La escritora Rhea Galanaki, nacida en Creta en 1947, ha utilizado el apodo del protagonista de la Odisea para ilustrar un conflicto humano y artístico que realmente sucedió.

HELENA O NADIE

Rhea Galanaki Traducción de Natividad Gálvez Metáfora. Madrid, 2001 220 páginas. 15,63 euros

Helena o Nadie recrea la vida de una pintora griega olvidada, Helena Altamura Búcura, que vivió en el siglo XIX y que representa un desafío contra el destino de la mujer en las sociedades tradicionales. Su forma de novela no impide que conserve muchos nombres propios que existieron y que permanezca fiel a la línea vital de la protagonista. Éste es quizá el mayor problema con el que se enfrentan este tipo de novelas: mantenerse fieles al mundo del personaje retratado y a la vez lograr trascender a él, ofreciéndonos una verdad que surja de la misma ficción y que posiblemente jamás encontraríamos en los hechos reales. Galanaki opta por aproximarse a Helena Altamura desde varios ángulos, lo cual ocasiona que el personaje pierda intensidad en favor de una cierta objetividad, que parece ser el verdadero interés de la autora. Comienza el libro con la escena de la entrega de un pergamino firmado por Otón, rey de los griegos, al capitán Yanis Búcuras, padre de Helena. Esta escena tiene lugar en Spetses, y Helena, la primogénita del lobo de mar, es la única capaz de leer griego pues la lengua de la isla es el arvanita, que deriva del albanés. Ya entonces se parece en casi todo a su padre. Tiene su misma determinación y comparte su interés artístico, interés que llevará a Yanis al teatro y a Helena a la pintura. Cuando ella decide absorber los conocimientos de los maestros italianos en Florencia, sabe que no le queda otra opción que convertirse en hombre, en Nadie. Ya no será más Helena por muchos años, pero siempre recordará aquel ruego que le hizo su padre al llevarla a desposar con la pintura en Nápoles: 'No olvides que eres griega'.

Helena tendrá varios hijos con otro pintor, el revolucionario Saverio Altamura, y a partir de ahí su sueño se irá diluyendo hasta el punto de que ella misma quemará las pinturas de Nadie en un patio. El resto de su vida se consagrará al olvido y al silencio ('no existe vida femenina sin la necesidad de un profundo silencio'), convencida de que 'el destino se venga de cuanta mujer intenta escapar a su predestinada réplica. De toda la que pretende huir hacia la libertad de su propia naturaleza, la libertad del hombre, la que proporciona el conocimiento'. Lo que vendrá al dejar de ser Nadie será para ella 'la vida después de la vida'. La obra de Galanaki deja un regusto de panfleto, sin que por ello carezca de buenas imágenes y una prosa que se lee con facilidad pero escasa avidez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002

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