Cada uno tiene sus mitos particulares, a menudo mitos sentimentales que han hecho camino en la crónica de la vida acompañando nuestros miedos, nuestros anhelos, nuestras emociones. Mitos individuales y a la vez colectivos, extrañamente rescatados del olvido gracias a la persistencia de la emoción que nos generaron. De todos los cantantes de nuestra crónica sentimental colectiva, y exceptuando al gran Raimon, maestro de emociones como nadie, mi personal veneración mitológica se llama Joan Isaac, cantante de silencios y humildades, sensibilidad pura que me eriza la piel desde aquella Margalida que puso canción a la pena profunda e indignada que la muerte de Puig Antich nos causó. Después vinieron más canciones -aunque no muchas, que lo suyo no es prodigarse en exceso-, y con ellas llegaron más emociones compartidas, más densidad sentimental, más complicidad. Voy a estar en la primera fila del Espai esta noche no sólo para testimoniar el aprecio por esa delicada magia cantada que emana de Joan Isaac, sino quizá, también, para rendir homenaje a las emociones que me hizo y me hace sentir. Amores y penas y esperanzas, belleza en forma de canción.
Pero no escribo estas líneas para hablar de mis particulares emociones cuando escucho su poesía cantada, sino porque las durísimas acusaciones que Joan Isaac ha hecho contra el partido que gobierna y, especialmente, contra Jordi Vilajoana, en mi Vis a vis de Ona Catalana que se radiará mañana, me parecen merecedoras de altavoz y reflexión. Dice Joan Isaac, con una contundencia sólo matizada por esa elegancia innata que lo define, que la canción de autor en catalán está en proceso de desaparición, y que la situación agónica actual no es fruto del azar o la coyuntura, sino de una planificada política de aniquilación por parte del Gobierno catalán que asegura defender justamente la catalanidad. No exagero ni una coma cuando traslado lo dicho al papel, bien al contrario: 'La canción siempre ha sido crítica, y ello incomodaba al poder', 'éramos una conciencia no controlada, no asimilada, y por ello era mejor que desapareciéramos'. Pujol no cree en la canción en catalán, nadie tiene interés por normalizar el catalán en ningún ámbito cultural, no tenemos un consejero de Cultura, sino un experto en mercadotecnia, no hay recitales ni ninguna posibilidad de actuación, con estas condiciones no hay nuevas generaciones de cantantes, la canción en catalán desaparecerá... Y lo hará, según Isaac, no por culpa del maligno exterior, sino por la dejadez, ineficacia y hasta maquiavelismo del amigo interior. ¿Y si es el público quien ha girado la espalda?, pregunto. ¿A todos? Si hasta Maria del Mar Bonet, que acaba de colocar mil personas en Madrid, tiene apuros en Cataluña... Si tenemos un Brassens catalán que es Quico Pi de la Serra y no puede actuar... 'Si yo mismo lo tengo más fácil en Italia'. No añadiré más apuntes, porque creo que lo básico está señalado, pero me atrevo a decir que las palabras en voz alta de Isaac suenan igual en boca de la mayoría de profesionales que intentan expresar, en catalán, su creación artística. Si añado a la acusación del mundo de la canción lo dicho por algunos escritores que también han pasado por mi programa, desde Porcel hasta Quim Monzó -'si ahora empezara, quizá no escribiría en catalán'-, o lo denunciado por algunos dramaturgos, creo que la radiografía que hacen es alarmante. Y todos coinciden en un hecho: la política generada desde Cultura ha sido nefasta, descuidada, retóricamente abusiva -lo catalán se ha usado hasta de papel higiénico en las guerras políticas-, y sin embargo activamente destructiva. Como si, ¡oh paradoja!, fueran los publicitados como nacionalistas los que más machacaran las señas de identidad nacionales. En una doble línea: la utilización política del simbolismo, y la inanición de proyectos y presupuestos para consolidar su salud práctica. Así, la lengua, la canción, el teatro, la novela, todos forman parte de la parodia, bellos esqueletos paseados por los escenarios de la política, pero sin embargo repudiados por su incómoda vocación crítica.
Y entonces llega Vilajoana, poseedor de una sonrisa de anuncio que sitúa muy bien sus orígenes publicitarios, y los invita a hablar. 'Me dijo que lo único que le interesaba eran las cifras'. La cifra en cultura, curiosa dicotomía. Cuánto dinero mueve, cuánto público mueve, cuánta influencia mueve... Y es así como un departamento pensado para consolidar el ejercicio de la creación acaba conviritiéndose en la versión patria de una Operación Triunfo cualquiera. La cultura medida en términos de mercado, tamaña grosería, tamaña miopía. Sin embargo forma parte de lo catalán que pasen por la responsabilidad cultural los más miopes, los más groseros, aunque sea la grosería del glamour. Asegura Joan Isaac que Pujol nunca ha creído en la cultura y que hasta la ha despreciado con público desdén. Su biografía política -y su política- avalan ciertamante la afirmación. Sin embargo, cuánto abuso de lo culturalmente catalán ha existido en la retórica del pujolismo, abrazo del oso que ahogaba doblemente: patrimonializándolo y, a la vez, matándolo de hambre. Que la oposición, en su histórica tentación maniquea, ha permitido el ahogo, es evidente. Y así, entre los padres de la patria -madres no ha habido en el jubileo del pujoleo- que secuestraban los signos culturales identitarios y a la vez los despreciaban, y los padres patrios de la oposición, que practicaban el menfotisme de diseño, los ítems de la cultura catalana están como están: hechos un asco. Esta noche en el Espai cantará Isaac. Lo hará porque le da la gana, porque no vive de ello, porque a pesar de todo es un cantante. Habrá emoción y sentimiento. Pero será la emoción de lo íntimo, alejado el país de sí mismo, extraño a sí mismo. 'La cançó? Som els darrers cantants. No ho dubtis'. Saturno, cuando devora, lleva barretina.
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Pilar Rahola es escritora y periodista.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002