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Una exposición devuelve a Roma el esplendor que vivió en los años cincuenta

La muestra reconstruye la ciudad entre 1948 y 1959, del neorrealismo a la 'dolce vita'

La exposición Roma 1948-1959. Arte, sucesos y cultura del neorrealismo a la dolce vita, inaugurada en el Palacio de Exposiciones de la capital, bucea en las artes mayores (pintura, literatura, música) y en las llamadas menores (decoración, moda, fotografía) para reconstruir un momento concreto de la historia de la ciudad. En este caso, la década prodigiosa, que parte de la posguerra y llega a los inicios del milagro económico. La muestra estará abierta hasta el 27 de mayo. La escritora Miriam Mafai define la exposición como 'un álbum de familia'.

La dura competencia turística entre las ciudades más atractivas del mundo obliga a los respectivos responsables culturales a rizar cada vez más el rizo en materia de exposiciones. Ya no basta la calidad de las obras exhibidas, ni la originalidad de un montaje. Los tiempos exigen nuevos y ambiciosos planteamientos para atraer a la gente a las exposiciones. Un ejemplo de este esfuerzo es la exposición Roma 1948-1959. Arte, sucesos y cultura del neorrealismo a la dolce vita.

La escritora de izquierdas Miriam Mafai (que ha colaborado en el montaje) ha definido la exposición como 'un álbum de familia', por el poder evocador de los elementos que la integran. Las imágenes de los scooter, de los coches antiguos, de las obreras y de los artesanos reflejan el pulso de una ciudad dispuesta a sacudirse las miserias de la posguerra para embarcarse en la aventura del milagro económico italiano.

Los organizadores se han valido de antiguos filmes del Instituto Luce, de viejas fotografías de la época, de cuadros de los artistas que pasaron por la Ciudad Eterna en esos años y de trajes y decorados preparados por los estudios de Cinecittá, que vivieron entonces sus años dorados, para reconstruir un pedazo de la historia local en un momento de reapertura al mundo, tras años de guerra y de aislamiento.

Creadores

Son muchos los poetas y narradores que viven en Roma en esta etapa de febril creatividad artística. Es el momento de narradores como Alberto Moravia y Carlo Emilio Gadda, de poetas como Pier Paolo Pasolini, que intentan la recuperación de una poesía en dialecto y establecen una relación fructífera con otras ramas del arte, desde la pintura a la escenografía cinematográfica.

La vida artística de la ciudad es intensa, se abren nuevas galerías de arte y llegan a Roma algunos de los pintores abstractos más importantes de la época, para ver de cerca la evolución de los diversos movimientos, neocubismo y realismo. La muestra incluye algunas obras a título de ejemplo de aquel fermento creativo.

La mezcla de cuadros de artistas famosos de la época como Giorgio de Chirico, Marc Rothko (que un tiempo frecuentó la capital italiana), Alberto Burri o Renato Guttuso, con los trajes diseñados por las hermanas Fontana para las divas del momento, podría resultar explosiva. Y, de hecho, la exposición resulta en alguna medida desequilibrada, con las joyas de la pintura un tanto perdidas en los corredores, mientras distraen la atención de los visitantes el traje negro que vestía Alida Valli en la película Senso, de Luchino Visconti, o el que lucía Audrey Hepburn en Guerra y paz. Pero el conjunto resulta estimulante e instructivo.

Hay imágenes periodísticas, como las del atentado sufrido por el líder comunista Palmiro Togliatti, y retratos del papa bueno Juan XXIII, que llegó al trono de Pedro al final de la década de los cincuenta, dispuesto a revolucionar la Iglesia. Su papado traería importantes novedades en el campo de la liturgia, y en la posición -un poco menos central- que adoptaría el catolicismo en relación a otras religiones. Pero, además, representaría un cambio de vestuario para monjas, frailes y sacerdotes, del que se beneficiarían también las muchas tiendas de ropa religiosa de la ciudad.

El mundo sacro y el profano conviven con naturalidad en la Roma de los años cincuenta, que rinde tributo a las vírgenes milagreras y a las bellezas nacionales con parecida intensidad. Es el momento de Lucía Bosé -milanesa de nacimiento-, que sonríe a bordo de una Vespa, apoyada en el hombro de Luis Miguel Dominguín, en una foto de la época, y de una Sofía Loren (napolitana de rompe y rasga) en el esplendor de su belleza exuberante que posa triunfal en la playa de Fregene. No falta, por supuesto, el más romano de los actores del cine italiano, Alberto Sordi, retratado mientras enseña la loba capitolina a Ginger Rogers, ni los grandes del teatro, Vittorio Gassman, ya consagrado, y un jovencísimo Carmelo Bene, en sus inicios rompedores.

Política

La RAI (televisión pública italiana), que comenzó sus emisiones a mitad de los años cincuenta, ha aportado también material a la exposición, en la que se incluyen testimonios gráficos de los acontecimientos más importantes de la década. Con un hueco especial para el mundo político -con Giulio Andreotti, romano de pro, en primer plano-, dominado por el ascenso imparable de la Democracia Cristiana. Con todo, no se trata de un mero ejercicio de nostalgia, sino de un intento de reconstrucción de un momento de la historia que ha contribuido a configurar la personalidad de la Roma de hoy.

Esta década prodigiosa para la Ciudad Eterna, que coincide con el despegue definitivo de la pobreza de la posguerra y en la que se adivina ya el esplendor de la futura dolce vita, representó también un desafío estético para la ciudad. Los romanos vieron amenazadas la belleza decadente de sus calles y plazas, los palacios formidables de fachadas desconchadas, por un enemigo más poderoso que las bombas aliadas (que respetaron la ciudad): la especulación inmobiliaria. 'Muchas de las batallas mantenidas en el Campidoglio se ganaron, otras se perdieron', recuerda Miriam Mafai, 'pero, después de todo, y gracias también a aquellas batallas, Roma es hoy

más hermosa que entonces'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002