El botellón no surgió de la noche a la mañana ni por generación espontánea. La génesis del fenómeno hay que buscarla en esos bares donde la afluencia masiva de jóvenes lograba que rebosara la clientela hacia la calle. Los propietarios estaban encantados, ellos extendían el ámbito de su negocio a la vía pública sin recargo fiscal alguno ni añadir gastos de mantenimiento. Tampoco era necesario sacar sillas y mesas, esa función la cumplían generosamente los coches aparcados en las proximidades. Ni siquiera tenían que ocuparse de la limpieza de las aceras, alguno que otro pasaba la escoba por vergüenza torera, pero la mayoría descargaba el peso de esa labor en el barrendero municipal que pagan los contribuyentes. Aparentemente todo eran beneficios: los locales engordaban la caja y los chicos descubrían las ventajas de beber en la vía pública. El aire de la calle es siempre más respirable, el nivel de ruido permite mantener una conversación sin recurrir a los gritos y hay menos codazos y apreturas que en el interior. Las tímidas quejas que inicialmente surgieron por las molestias e incomodidades que producían a los vecinos apenas sujetaron la atracción creciente por beber a cielo abierto. Pronto los menos pudientes descubrieron que era posible aprovecharse de ese ambiente sin tener que consumir a los precios del local. El dinero lucía mucho más si adquirían las bebidas en la tienda de la esquina que si pagaban los precios que rigen en la hostelería. El apoyo entusiasta de avispados tenderos y ambulantes ilegales estimuló esa dinámica hasta convertir cualquier plaza, parque o acera en un espacio válido para montar la juerga. Así, el botellón ha ido cobrando protagonismo y pujanza entre la juventud para disgusto del vecindario, que sufre las consecuencias y desgracias de los bares que perdieron clientela.
Hasta las discotecas han visto mermado el negocio por su causa. El precio de la entrada suele incluir el derecho a una sola y, según parece, insuficiente consumición, así que son muchos los chavales que entran y salen de la sala para completar fuera su dieta de alcohol a bajo precio. Con dos euros por cabeza pueden permitirse el lujo de alcanzar ese cotizado estimulante para sus relaciones sociales que denominan 'el punto', o incluso alcanzar el coma etílico, estado que hoy goza entre la muchachada de gran prestigio social.
En Madrid se calcula que cerca de medio millón de jóvenes participa con mayor o menor intensidad en esta ceremonia que convierte la vía pública en un inmenso abrevadero. Nadie que no sea tonto o ciego puede declararse sorprendido por la alarmante magnitud que ha alcanzando el fenómeno. Estaba claro que más tarde o más temprano el asunto se iría de las manos, y ahora es muy difícil recuperar el tiempo que hemos vivido escondiendo la cabeza como el avestruz. La movilización vecinal contra la gran pocilga de desperdicios, meadas y vomitonas en que convierten cada fin de semana los lugares escogidos para el botellón ha obligado a las autoridades a buscar remedios en un momento en el que apenas hay capacidad de maniobra.
Cuando el presidente Gallardón habla de castigar a los que ensucian con limpiar la calle parece estar viviendo en el país de nunca jamás. No quiero imaginar lo que pueden ser 500.000 chicos en pie de guerra saliendo a la calle con una causa común. Algo desde luego hay que hacer para evitar el actual desmadre, pero el botellón revela problemas sociales mucho más profundos que los que quitan el sueño al vecindario. Lo realmente grave es la generalización del consumo de alcohol entre los jóvenes y esa galopante rebaja en la edad de iniciación. Los estragos en el organismo de los adolescentes son sencillamente terribles, y algunos especialistas piensan que está gestándose una generación de alcohólicos. A pesar de la magnitud del problema, socialmente esto no parece importar demasiado, o al menos no tanto como el ruido o el aspecto de las calles. Resulta evidente que existen unas carencias educativas tremendas, que no hemos sabido crear alternativas de ocio asequibles que permitan a los chicos divertirse sin recurrir al alcohol, y que son más quienes les contemplan como un negocio presente que como una inversión de futuro. Esto no afecta a unos cuantos vecinos, el botellón es un problema de todos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002