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COLUMNA

El gran albañil

La mente humana es asombrosa. Después de revolotear por encima de la propuesta de construcción nacional de Batasuna, y tras haberse interesado por un anuncio de la República Dominicana donde se podía leer 'Me siento libre' para decir que lo sería el turista que pudiera sumergirse en unas aguas azules y solitarias pero no la chusma propia, a la mía, quiero decir a mi mente, le ha dado por posarse como una mosca sobre... Hitler. Más concretamente sobre la visión que da del genocida el que fue su arquitecto y, luego, su director de armamento, Albert Speer.

Por él sabemos de las muchas horas que Hitler pasaba imaginando construcciones, revolviendo planos y trazando bosquejos. Entre 1933 y 1937 tenía más tiempo para la arquitectura que para el partido o el Estado. 'No hay duda', dice Speer, 'que durante unas semanas se sintió tentado por la idea de dirigir un taller de arquitectura bien organizado'. Ocurrió en 1934. Pero en 1939, al comienzo de la guerra, todavía apostaba por sacar adelante la gigantesca y costosísima remodelación del centro de Berlín.

Para Hitler, construir el nuevo orden significaba eso, construirlo. En lo político y asimismo en lo arquitectónico.

¿De dónde le venía a Hitler la devoción por la arquitectura? Sus contactos con la brocha gorda, es decir, con la construcción no basta para explicarlo. Como no sea desde el punto de vista de la trascendencia. Porque aquel individuo acomplejado y gris se sintió capaz de trascenderse imaginando un mundo nuevo y dotándolo de la arquitectura más adecuada. Construir el nuevo orden significaba estrictamente eso, construirlo. En lo político pero asimismo en lo urbanístico y arquitectónico.

Por las mismas fechas en que publicaba Mein Kampf, Adolf Hitler trazaba los bocetos del que sería su sueño, la Gran Sala. En ella culminaría todo cuanto estaban poniendo en marcha las ideas contenidas en su tóxico opúsculo. Porque la Gran Sala no sólo era un edificio enorme, es decir acorde al imperativo de monumentalidad del régimen, sino que desde el punto de vista simbólico representaba el aplastamiento del vecino Parlamento o Reichstag -que Hitler deseaba conservar aunque no sirviera para otra cosa que para mantener la tradición- porque hubiera cabido varias veces dentro, y la consagración de la multitud.

El descomunal centro de reuniones tenía cabida para unas 180.000 personas en sus 250 metros de diámetro y otros tantos de altura. Lo que significa que la multitud se disolvería en la distancia. ¿Pero no era el ideal del totalitarismo, el peso de la masa pero sin la masa?

Las fantasías arquitectónicas de Hitler no representaban sino la concreción de sus designios totalitarios por otros medios. La Gran Sala constituía el alma del Nuevo Berlín que proyectaba, pero también del mundo que se disponía a conquistar y para el que tenía preparado un Nuevo Reichstag que, por mucho que no pudiera competir con la Gran Sala, debería albergar a los 2.000 representantes de los países germanos. Pero la grandiosidad y la necesidad de representación no agotan el totalitarismo arquitectónico de Hitler. Estaría también, como ya ha sido expuesto, la novedad.

Hitler despreciaba en un discurso de 1938 que el resto de los países tuviera a gala aposentar el aparato de Estado en palacios consagrados por la tradición. A cambio, el Reich de los Mil Años no sabría vivir si no era en lo nuevo. Con una particularidad, Hitler y Speer entendían lo nuevo como una relectura de los cánones clásicos. Y ello por un ansia de intemporalidad. El nuevo régimen debía nacer hacia atrás, conectando con el imperio romano y la cuna griega de la civilización, pero tenía que proyectar sus formas hacia el futuro, de ahí que no pudieran estar lastradas por un presente excesivamente marcado.

Además, las ansias de eternidad casaban más con materiales como el mármol y el granito, que parecían traer impresas ya en su masa las líneas neoclásicas. El delirio de durabilidad le llevó a Speer a concebir la Ley de Ruinas: los edificios, si envejecían al cabo de los milenios, tendrían que hacerlo románticamente, lo que descartaba el uso del hormigón y de los hierros que se retorcían patéticamente al romperse.

Tras hociquear en los viejos cascotes, la mosca reemprende el vuelo preguntándose si habrá algún albañil entre los nuevos constructores de naciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002