Sólo ha pasado un mes y es como si no hubiésemos tenido entre las manos otra cosa que euros. La brillante calderilla europea se ha convertido en algo familiar. No ha sido tan difícil olvidar a la vieja peseta. Es lo que ocurre con los falsos romances que salpican la prensa del hígado y con los matrimonios de conveniencia que deshacen los jueces de la Rota. Todo el mundo parece satisfecho con la nueva moneda y hay quien se siente ya más europeo que hace cinco semanas. Pagamos y cobramos y soñamos en euros. Igual los alemanes que los italianos; lo mismo los franceses que los españoles. Se supone, por tanto, que ya somos de una vez europeos.
El asunto es saber de qué hablamos cuando hablamos de Europa. ¿Es esto? ¿Es ésta? A algunos ciudadanos les sucede con ella como a Ortega y Gasset con la Segunda República española ('¡No es esto, no es esto!') Debe ser otra cosa. El sociólogo Pierre Bourdieu (que acaba de morir luchando como gato panza arriba contra la globalización y por un movimiento social europeo) pensaba que, en efecto, Europa debe ser y puede ser algo distinto a esto.
Frente a la Europa de los bancos y de los banqueros, Bourdieu proponía una Europa de la solidaridad. Pese a sus adherencias sesentayochistas, el pensador francés no pedía lo imposible. Si se ha favorecido la creación de una moneda única, ¿por qué no promover unas normas sociales comunes, desde la jornada laboral a la formación profesional de los jóvenes? ¿Y por qué no un salario mínimo común (o razonablemente modulado) en los países de la UE? ¿Y por qué no arbitrar una Seguridad Social común en esta Europa regida por la inseguridad en el empleo? Bourdieu recorrió Europa preguntando esta clase de cosas. Planteando cuestiones espinosas y urgentes. La justicia social, para este pensador pascaliano y polémico, era algo indispensable. Algo así como el aire. No quería resignarse a esta Europa del euro, de los servicios y de los servidores.
Bourdieu denunciaba el neodarwinismo que en las últimas décadas se ha asumido en Europa y que, según los divinos apóstoles neoliberales, no hace otra cosa que ratificar sus teorías económicas. Muchos trabajadores europeos han llegado a tragarse esa especie según la cual la selva del mercado selecciona naturalmente a los mejores. No es difícil adivinar tras estas teorías la sombra de un racismo de la inteligencia, tan rancio y tan estúpido como el tradicional.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002