En Toulouse hay una plaza, formada por edificios decimonónicos, donde se suceden los restaurantes, las cafeterías, los salones de cine, alrededor de unos jardines presididos por la estatua sedente del poeta Pierre Godouli. Está el poeta occitano con la cabeza apoyada en la mano y las piernas estiradas, entre reflexivo y soñoliento. Esa plaza se llama Wilson, y para los exiliados españoles de nuestra guerra civil tenía otro nombre: la llamaban 'El Parlamento'. A la salida del trabajo y los domingos por la mañana se reunían en esos bancos y discutían durante horas que si Franco, que si Líster... Burlándose de sí mismos, de su exaltación, decían que la postura indolente y como soñolienta del poeta de piedra obedecía a la fatiga de oír los debates del parlamento. Ahora, los inmigrantes de Toulouse son de origen africano, pero después de la guerra se instalaron por la zona muchos españoles salidos de los campos de refugiados o de concentración, y hasta le dieron nombre a un barrio de Albi (quartier des espagnols).
Toulouse había sido en cierta forma española muchos siglos atrás: fue capital del reino de los visigodos, que a principios del siglo V después de Cristo se extendieron por la Hispania romana y que en el siglo siguiente, tras ser expulsados de la capital por los francos, impusieron su reino en toda la península Ibérica. Ahora, Toulouse tiene iglesias, una ópera solvente, teatros, museos, universidad, una gastronomía que invita a degustar en mil brasseries y bistrots 'nuestras especialidades aveyronaisses': les tripous, el aligot (un denso puré de patata con queso fundido), las charcuterías, la truffade, el chou farci; todo esto no es ligero, y lo propio es regarlo con el áspero y fuerte vino joven Aurillac. Ahora, Toulouse, entre un meandro del Garona y una curva del canal del Midi, es el arquetipo de una ciudad francesa, burguesa, agradable y de vida dulce, con grandes proyectos de expansión y mejoras. Aquí la industria aeronáutica construye el Airbus. Ya estaba cerrado el proyecto de la futura línea B del metro, con fecha de apertura en 2007 y con estaciones significadas por artistas como Ange Leccia o Sophie Call.
Cerca de la plaza de Wilson, el tejido de calles tortuosas del antiguo barrio medieval, con nombres gremiales, formadas por edificios de tres pisos de altura, en piedra o ladrillo, a menudo realzados con columnas, balcones y atlantes del siglo XVI, salpicadas de villas renacentistas y de châteaux napoleónicos, se endereza en el eje que forman las calles Filateries, Changes, Du Taur. Por esta última calle, hoy comercial y peatonal, Saturnino, obispo de Toulouse en el año 250, fue arrastrado, atado al cuello del toro que no había querido sacrificar en ceremonia pagana. Sobre su sepultura, en el extremo norte de la calle, se elevó tres siglos después la iglesia de Saint-Sernin-du-Taur (San Saturnino del Toro), reconstruida en el siglo XI para ser el mayor monumento arquitectónico de la ciudad y quizá el más espacioso edificio que nos ha legado la arquitectura románica: una amena alternancia de las masas de la nave, los ábsides, el original campanario, cubiertas por planos de tejas, construido en ladrillos de dos tonos rosados, el material característico de Toulouse, Albi y las demás ciudades rosas del Midi francés.
Los días de sol, todavía el espectro del prohombre tolosano y líder socialista Jaurés ('¿por qué mataron a Jaurés?', pregunta para siempre la canción de Brel) pasea por las riberas ajardinadas del Garona, confundido con los estudiantes de la universidad y los desocupados. Pintó esas riberas el puntillista tolosano Henri Martin, cuyas mejores obras se conservan en el Capitole. Pero si hay que elegir un solo museo entre los numerosos de la ciudad, habrá que decidirse entre eso y la Fundación Bemberg, con sus 30 óleos de Bonnard, o Les Abattoirs (antiguo matadero), de arte contemporáneo y especializado en minimalismo, o la Ciudad del Espacio para visitar una estación Mir, o decantarse por el Saint Raymond para ver las réplicas realizadas en el siglo III de la Venus y el Eros de Praxíteles y otras obras perdidas para siempre de los grandes artífices griegos y romanos, con los que empezó todo.
GUÍA PRÁCTICA
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002