Cuentan de un 'maestro de periodistas' con pesebre durante la dictadura que se salió de rositas tras ser pillado con las manos en cierta caja que administraba. La excusa fue que lo había hecho para sacar a su madre de 'la calle', trola morrocotuda que conmovería el alma redentorista de la autoridad.
Cincuenta años después, el peliagudo asunto del sexo por dinero anda todavía en manos de alguna ONG confesional, y representantes de las familias numerosas (o no tan numerosas) protagonizan un debate que debería quedar alejado del terreno de la moralina para inscribirse en el de los derechos humanos.
Con un sólo adverbio, 'evidentemente', el conseller de Bienestar se pronunciaba hace poco sobre la conveniencia de legalizar la prostitución y de 'superar la hipocresía social'. Este es un campo minado de disensiones, como evidenciaron las diferencias afloradas durante el Foro Mundial de Mujeres contra la Violencia. Las que procedían de Asia, donde la alcahuetería es un poderoso motor de la economía, estaban por la regularización y el reconocimiento de que la industria del sexo proporciona 'trabajo' a miles de mujeres. Otras recordaron que para la Unesco esta actividad es una forma de esclavitud, y que según la ONU la trata de personas es incompatible con la dignidad y el valor, con la letra y el espíritu de todas las convenciones contra la tortura, tratos o castigos crueles, inhumanos o degradantes.
Resulta evidente que incluso las regularizaciones sanitarias propugnadas hasta el momento no suponen una garantía para las mujeres cosificadas, sino en todo caso para el cliente. Aquel cuya matrícula quería publicar Rafael Blasco, esta vez más en sintonía (si no en la forma, en el fondo) con la tesis feminista de que además de criminalizar al rufián, chulo o traficante, también hay que hacerlo con el comprador. Porque la auténtica elección libre no es la de la inmigrante engañada o desesperada, la de la niña tailandesa, sino la de millones de hombres que deciden alquilar cuerpos y disfrutar con ellos. No habrá remedio. Pero si lo hubiera, difícilmente pasará por bendecir el inframundo y convertir al Estado en un Gran Proxeneta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002