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COLUMNA

Los ejes de mi carreta

Cuando el eje del mal deja de funcionar, el del bien rechina como si no tuviera grasa. Las fuerzas del bien están preocupadas por los problemas sanitarios que empieza a ocasionar la falta de heroína que hasta ahora venía de Kabul. Los heroinómanos se meten cualquier cosa -hasta piedra picada- para aliviar el mono. Perseguimos el tráfico de drogas, sí, pero cuando falla nos entra el pánico porque aumentan las enfermedades y la inseguridad ciudadana y el desasosiego general. Una cosa es prohibir las drogas y otra que desaparezcan. Parece una contradicción, y lo es, pero se trata de una contradicción de la que vive demasiada gente como para desprendernos de ella de un día para otro.

Cualquiera que salga a la calle sabe que es más fácil obtener una piedra de hachís que un frasco de jarabe para la tos, pero es que la venta del hachís está desregulada de verdad, no como el teléfono, y se puede adquirir en cualquier parte y a cualquier hora. Que el hachís sea ilegal sólo quiere decir que produce más beneficios que el jarabe, porque el traficante lo vende sin etiquetar y puede cortarlo con boñiga de vaca o tinte para el pelo. Es cierto que el usuario se destroza los pulmones, pero ahí es donde yo, de ser ministra de Sanidad -Dios no lo permita-, diría al usuario: 'Pues no fume usted, que para eso está prohibido'.

Naturalmente, las autoridades del eje del bien dicen esto con la boca chica, pues, si todo el mundo dejara de fumar de hoy para mañana, el índice Dow Jones se vendría abajo y entraríamos en un declive económico sin precedentes. En otras palabras, que, si legalizáramos el hachís, la heroína, la coca y todo eso, se abriría en las redes del mal un agujero más peligroso si cabe que el de la capa de ozono. Hemos bombardeado Kabul, de acuerdo; les hemos hecho polvo, pero ha dejado de llegar la heroína y hay en los suburbios un malestar que alcanzará al centro si esos envíos no son sustituidos por otros. O sea, que están las autoridades del bien esperando que las autoridades del mal reaccionen, no sea que haya que echarles una mano. Me lo decía un preso cuando estuve en la cárcel haciendo un reportaje: 'Cuando circula la droga, los patios están tranquilos, y eso lo sabe todo el mundo'.

Y no es que la droga esté tolerada en la cárcel: al contrario, está perseguidísima -soy testigo-, pero los traficantes viven de burlar la prohibición. Si no hubiera prohibición, no habría tráfico. Digamos que el mal y el bien se necesitan el uno al otro más que el verdugo y la víctima. Tales son las reglas de un juego en el que las cosas funcionan como Dios manda mientras unos prohíban bien y los otros vulneren la prohibición mejor.

Fijémonos una vez más en los precios de la vivienda. ¿Acaso, con la Constitución en la mano, no son ilegales? Sí, lo son. ¿Y se podría perseguir esa ilegalidad? Sin duda, pero no se le ocurre a nadie, del mismo modo que no se le ocurre a nadie que la prohibición del tráfico de drogas tenga como fin último su desaparición. Quiere decirse que el mal ha de estar perseguido por una parte pero alimentado por otra. Prohibimos la heroína, por ejemplo, pero legalizamos las narcosalas para que la gente se pinche sin agobios y con la jeringuilla limpia. Y ahora mismo las autoridades están haciendo acopio de metadona para sustituir las partidas de heroína que habitualmente llegaban de Kabul. Es lo que decíamos: que el bien tiene que echarle a veces una mano al mal, porque el mal es humano y se estropea. Si no hubiera maleantes, ¿de qué íbamos a tener un ministro del Interior tan eficaz como Rajoy? Y si no hubiera enfermedad, ¿para qué querríamos un ángel de la guarda como Celia Villalobos?

Eso sí, conviene guardar las apariencias. El Ministerio del Interior podría tener sus sótanos llenos de dosis de caballo para sacarlas a la calle en situaciones como la que nos aflige y evitar el descontrol de precios por un lado y los peligros sanitarios por el otro. Pero quedaría feo, porque la gente quiere que las fronteras entre el bien y el mal estén claramente delimitadas. Por eso, las autoridades, en lugar de distribuir heroína, distribuyen metadona, que es lo mismo, con la diferencia de que la palabra metadona suena a medicina y sólo se puede adquirir con receta, lo que le da un aire de respetabilidad que para sí quisiera la marihuana.

Todos tranquilos, pues, que, si nos falla Afganistán, aquí estamos nosotros para sustituir su falta. Pero que se recupere pronto Kabul, pues las existencias de droga del Estado son limitadas y además nos cuestan un riñón. Estos narcotraficantes cada día son más torpes. Fue un error matar a Escobar. Porque no engraso los ejes, me llaman abandonao.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002