Me dirijo a Julio del Valle, presidente del Consejo de la Juventud, para decirle lo mucho que me avergonzaría si yo fuera joven por sus manifestaciones aparecidas en el diario EL PAÍS del 15 de febrero pasado.
Si yo fuera joven, se me caería la cara de vergüenza por confundir represión con disciplina responsable y sujeción a normas de convivencia cívica que impliquen el respeto del otro, confusión que no se ha dado hasta ahora en ningún país civilizado. ¿Está usted seguro de formar parte de un país civilizado?
Si yo fuera joven, se me caería la cara de vergüenza si oyera decir que el llamado botellón, es decir, la manifestación más impune de destrucción de valores convivenciales, medioambientales y de salubridad e higiene, la agresión más salvaje que existe al patrimonio común de todos, el espacio público, constituye una cultura juvenil alternativa. ¿Conoce usted el significado de la palabra cultura? ¿Y el de la palabra alternativa?
Si yo fuera joven, se me caería la cara de vergüenza si oyera decir que la crítica social al botellón supone la satanización de los jóvenes, cuando una gran mayoría de los jóvenes, tanto de los que practican el botellón como de los que sí disfrutan de una auténtica cultura alternativa, el ecologismo, el pacifismo u otras, son conscientes de que las consecuencias que genera aquél son nefastas precisamente para el desarrollo de sus propias capacidades y anulan toda posibilidad de hallar un referente apoyado en valores éticos. Decir que se les sataniza es contribuir a darles argumentos para su autodestrucción como personas.
Si yo fuera joven, se me caería la cara de vergüenza sólo de pensar que una persona como usted no sea capaz de comprender que cuando se han vulnerado las más elementales y mínimas reglas de funcionamiento de cualquier sociedad avanzada, las medidas coercitivas, además por supuesto de las educativas, suponen un aspecto de la formación de las personas de primer orden. Oponerse a ellas es caer en una tontuna digna de mejor causa.
Usted no merece seguir ni un minuto más ejerciendo su puesto. Váyase a casa a meditar lo que le he expresado con mis palabras y quítese cuanto antes ese complejo democrático que tiene.
¡Ah! Se me olvidaba, también me avergüenzo, como vallisoletano que soy, de tener paisanos como usted.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002