Paso a paso, el Instituto Nacional de Estadística (INE) viene ampliando la cobertura y mejorando la calidad de información que elabora. En las últimas semanas se han actualizado unas estadísticas tan importantes como la Encuesta de Población Activa (EPA) y el índice de precios de consumo (IPC), y el próximo año será el turno de la Contabilidad Nacional. Debemos felicitarnos por todo ello ya que mejora notablemente la información que proporciona a los distintos agentes, al tiempo que la hace más comparable con la de los países de nuestro entorno.
Con la publicación del IPC de enero, el INE culmina los cambios en la elaboración de este índice que inició en 2001. Durante el pasado año, en una primera fase, se amplió el número de artículos, se adoptó una nueva clasificación funcional, se actualizaron las ponderaciones ligándolas a la Encuesta Continua de Presupuestos Familiares (ECPF), y se corrigieron ciertas deficiencias en la medición de algunos artículos (llamadas telefónicas, carburantes, etcétera).
Ha mejorado la medición de los precios en nuestra economía porque reflejan, cubren y se adaptan mejor a la realidad del gasto de los consumidores
La existencia de un indicador de referencia con carácter legal parece compatible con la de otros índices que permitan el análisis de los resultados
Desde enero, el índice incorpora otras innovaciones tales como la actualización del año de base y de las ponderaciones en función de la evolución real de los hábitos de consumo. Con ello, salen del índice ciertos productos y bienes que dejan de consumirse (las máquinas de escribir, por ejemplo) y se incluyen otros que se añaden a la cesta habitual de la compra (ordenadores, la comida rápida, etcétera). Se ha ampliado la muestra de municipios, establecimientos, productos, y se incorporan mediciones que reflejan las mejoras cualitativas, aspecto especialmente relevante en el caso de la informática, electrodomésticos, transporte, etcétera. Otra de las principales novedades, quizá la de mayor impacto y que más polémica ha suscitado, es la toma en consideración de las rebajas y promociones.
Todo ello no puede sino redundar en una medición más ajustada de la evolución de los precios en nuestra economía. Bien es cierto, sin embargo, que se produce una ruptura de las series, que aumenta la volatilidad y que será algo más laborioso su análisis e interpretación.
Según los datos correspondientes a enero último dados a conocer por el INE, el IPC general descendió una décima respecto a diciembre al tiempo que la inflación subyacente se redujo un 0,5 pc. Estos resultados sorprendieron a la mayor parte de los analistas, sin olvidar a los propios consumidores, que esperaban un aumento mucho más sustancial debido a la elevación de algunas tasas (especialmente de los carburantes) y al efecto del redondeo que, aparentemente, ha acompañado la redenominación de los precios de pesetas en euros.
La explicación es relativamente sencilla y sólo podemos echar en falta que los responsables de su elaboración y difusión no hayan sido algo más didácticos en la presentación de los nuevos resultados. La toma en consideración, por primera vez, de las rebajas y promociones, ha producido una ruptura en las series. Estas rebajas tienen un carácter claramente estacional (en invierno y en verano) y las campañas influyen de un modo muy particular sobre determinados productos (vestido, calzado, menaje del hogar, etcétera).
El propio INE ha estimado y ha puesto a disposición del público -aunque posiblemente no con suficiente publicidad- unos coeficientes que permiten corregir los datos del efecto de las rebajas y promociones. Bajo la hipótesis de que las rebajas han tenido un efecto neto equivalente y al ajustar los resultados por dichos coeficientes, el incremento intermensual del IPC de enero respecto a diciembre se eleva al 0,4% (sumando así cinco décimas a la caída del 0,1 % anunciada) y el de la subyacente sube un 0,3% (añadiendo ocho décimas al descenso del 0,5% correspondiente a las cifras brutas de la nueva serie). Las tasas interanuales, comparadas en términos homogéneos, es decir, incluyendo o excluyendo el efecto de las rebajas, y donde prácticamente se anula el efecto, se situaron, respectivamente, en el 3,1 y el 3,6%. La utilización de estos coeficientes hubiera evitado la polvareda en torno a la publicación de los resultados con y sin efecto rebajas.
El impacto de las rebajas se desvanecerá con la vuelta a la normalidad de los precios y tendrá un efecto en sentido opuesto sobre el dato precedente. La medición correcta de los precios es la que incorpora las rebajas, lo cual no impide, como se hace habitualmente sobre otras series estadísticas con contenido estacional, que, para facilitar su interpretación, se depure de dicho efecto. La existencia de un índice de referencia con carácter legal parece compatible con la de otros de contenido analítico.
Podemos concluir que ha mejorado la medición de los precios en nuestra economía porque reflejan, cubren y se adaptan mejor a la realidad del gasto de los consumidores. Esta mejora se acompaña de una mayor volatilidad y requiere modificar el esquema de análisis. Los resultados de enero, aparentemente positivos, no son motivo de satisfacción; la aceleración que incorporan nos alerta sobre el problema crucial de la competitividad.
Federico Prades es economista.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002