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COMUNICACIÓN

Los 'Mil' de la Restauración

Un nuevo invento, la máquina de escribir Remington, podía adquirirse con uno de estos billetes en la España de Alfonso XII

Las 1.000 pesetas de Alonso Cano se emitieron en 1874 durante la I República, régimen político que duró exactamente 11 meses. La falta de estabilidad política hizo que el periodo fuera un desastre para la economía. Se sucedieron cuatro presidentes provisionales, que tuvieron que hacer frente a tres guerras: la carlista, la de Cuba y la cantonal de Cartagena. Fue ese mismo año el que nació el impresionismo con la exposición conjunta de Monet, Pissarro, Manet, Degas y Renoir.

Cuatro años más tarde, el nuevo billete de 1.000, con la efigie de Cervantes, vio la luz del día con otras perspectivas. Se había producido la Restauración en la persona de Alfonso XII. El impresionismo daba sus frutos. La estrella de 1876 fue Le moulin de la galette, de Auguste Renoir. Con 4.000 reales de entonces, que no circulaban mucho, se hubiera podido adquirir un curioso instrumento que por entonces daba sus primeros pasos y que hoy ha pasado a los museos: una máquina de escribir Remington. El escritor y periodista estadounidense Mark Twain fue uno de los primeros profesionales en utilizar el ingenio.

Por esta época la burguesía industrial europea se lanza a la arquitectura del hierro. Atrevidas construcciones que se plasman en los nuevos mercados y estaciones de tren. Es el preámbulo a la Torre Eiffel, que se terminará coincidiendo con el primer centenario de la revolución francesa.

Curiosamente, el billete de 1.000 de 1874 se dedicó a Alonso Cano, que nació y murió en Granada (1601-1667). Fue pintor y escultor, una de las cumbres del barroco, compañero de taller del sevillano Velázquez, y por estas razones los responsables del Banco de España en 1874 le eligieron para adornar el nada despreciable billete de mil pesetas. Quizá hoy no lo hubiesen hecho, dado que el artista se había casado con una adolescente, cuya prematura muerte arrojó sobre él sospechas de parricidio, aunque nunca llegó a probarse siquiera que le infligiese malos tratos.

Treinta años más tarde, en 1907, fecha de otros dos de los billetes de esta semana, mil pesetas seguían siendo mucho dinero. En arte, el impresionismo se moría físicamente -acababa de desaparecer Cézanne- y nacía el cubismo. Y la industria del hierro daba origen a otro objeto que se iba a imponer en lo que quedaba de siglo: el automóvil y, particularmente, el coche por antonomasia que ese año comenzaba a fabricarse, el Ford T. Costaba 850 dólares en Estados Unidos y el primer año se fabricaron 15.000 coches. Importar uno en España hubiera sido muy difícil. Al coste original habría que sumar el transporte hasta la ciudad (seguramente hubiera subido la operación a 40.000 reales) para luego encontrarse con que no había una red de carreteras apropiada.

Finalmente, el duro de 1940, con el Alcázar de Segovia en el anverso y el escudo de España en el reverso, tuvo una larga vida y circuló hasta 1971, coincidiendo plenamente en el tiempo con el régimen franquista. Las dificultades económicas de la posguerra no permitieron acuñar las primeras monedas metálicas de cinco pesetas hasta 1949.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002