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Tribuna:

La feria del arte y sus efectos colaterales

Así como cada cuatro años padecemos los mejores juegos olímpicos de la historia, cada invierno ARCO cierra sus puertas con un espíritu y un balance muy semejante: más ventas, más visitantes y mayor eco mediático. Y ya son más de veinte ediciones en las que, de un modo más o menos llamativo, la repetición de este éxito incontestable despierta recelos y envidias de diversa naturaleza en Barcelona. A la capital catalana todavía le escuece que en su momento, a pesar de su mayor tradición en el sector, no supiera hacer cuajar un proyecto que en Madrid se ha demostrado que ofrece altos índices de rentabilidad y prestigio. Con todo, afortunadamente, en los últimos años parecía que el grado de frustración propia provocado por el éxito ajeno disminuía, pero -maldita sea la hora- en esta última ocasión la feria madrileña ha coincidido con una doble coyuntura que ha renovado viejos malestares. Por una parte, de un tiempo a esta parte se vienen multiplicando los encontronazos entre Madrid y Barcelona en todos los frentes (inversiones estatales desequilibradas, aeropuertos de empaque demasiado distinto, pasarelas de moda enfrentadas, etcétera) y la feria de arte contemporáneo no ha podido escapar a esta refundada disyuntiva entre ambas ciudades. Por otra, la felicidad que respira el salón madrileño coincide -y contrasta- con la difusión de los proyectos de la Fira y las administraciones barcelonesas para unificar distintos salones menores en una Semana del Arte que, por lo que parece, convence a muy pocos y agrada a muchos menos. En fin, que la edición de ARCO de 2002 ha acelerado que se instale sobre el tapete en Barcelona el enojoso tema de cuál debería ser su modelo ferial dedicado al mercado artístico.

La gestación de una sola Semana del Arte convence a muy pocos y agrada a menos

La verdad es que el interés explícito de semejante cuestión hay que calibrarlo en su justa medida y, con sinceridad, es de un calado relativo. Hoy por hoy, el tema que nos ocupa es sobre todo un asunto de botiguers del que podríamos olvidarnos con cierta celeridad; sin embargo, también es cierto que todo lo que se resuelva en sus entresijos puede tener importantes efectos colaterales sobre la realidad del arte contemporáneo en Barcelona, y ahí la ciudad no puede seguir cediendo más terreno.

La situación respecto de una posible feria del arte es ahora mismo un auténtico embrollo. Parece que mientras que las administraciónes públicas y la Fira apuestan por las genialidades del publicista Lluís Bassat para concentrar el Salón de Anticuarios, Artexpo y semejantes en una Semana del Arte supuestamente atractiva a nivel internacional, la mayoría de los galeristas se limitan a reclamar más apoyos institucionales sin necesidad de construir un gran escaparate común. Esta división de opiniones parece poco razonable, pero no es nada arbitraria. Lo cierto es que hay demasiado eclecticismo en la oferta para un mercado local tan mortecino que, en caso de concentrarse en el tiempo, podría hacerse la competencia a sí mismo. Dicho de otro modo: nadie se cree que en Barcelona pueda hacerse una auténtica feria de arte que rápidamente incremente el mercado y atraiga a nuevos inversores y coleccionistas. Suponemos que consideran mejor garantizarse una pequeña cota de mercado local que asumir riesgos innecesarios. La verdad es que este nivel de decisiones, por fortuna, no es de nuestra incumbencia; lo auténticamente revelador, a nuestro entender, es este talante conservador y espantadizo de las galerías de Barcelona y su consecuente modo de administrar su relación con el arte contemporáneo. Para decirlo de un modo más directo: Barcelona, es cierto, no puede organizar una feria de arte contemporáneo porque las administraciones no han apostado por ello de un modo decidido (como sucedió en Madrid), pero ante todo no puede hacerlo porque no dispone de un sector profesional como presume. La sufrida tarea del galerista es muchas veces un pretexto ideal para camuflar un nivel supino de incompetencia. Son muy pocos los que verdaderamente ejercen la difícil misión de saber apostar por algo y por alguien, y muchos los que entienden que su papel es el de simples intermediarios entre unos productos (que desean ya cocinados) y un mercado (que suponen hambriento por naturaleza). A lo más que se atreven la mayor parte de los galeristas de la ciudad es a ceder a jóvenes artistas una habitación de hotel durante un fin de semana para que todos nos aburramos entre pasillo y pasillo.

Podrá decirse que los galeristas de Madrid no son, ni mucho menos, más eficaces y profesionales que los catalanes, lo cual es seguramente cierto, pero no se trata ahora de eso; ni para bien ni para mal, sino todo lo contrario, ARCO es ya una feria absolutamente consolidada, con sus virtudes y sus defectos, y de algún modo es también la feria de referencia para muchos galeristas de Barcelona. No estaría, pues, de más que el aburrido debate sobre el modelo de la feria de arte de la ciudad no sirviera tanto para medir el dinamismo de un sector económico determinado como para repensar el papel de cada cual en el difícil entramado sobre el que ha de desarrollarse el arte contemporáneo.

Martí Peran es crítico de arte y profesor de la UB.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de abril de 2002