'...POR LO QUE PODEMOS suponer, esa cosa es una máquina de Tipler. La llamo así en honor del teórico que publicó en 1974 un ensayo sobre el tema y después siguió estudiándolo con imaginación y rigor matemático. Cierto que tuvo que hacer suposiciones simplistas, pero usó principios de física estrictos para demostrar que el transporte por el espacio-tiempo era conceptualmente sólido, aunque requería, aparentemente, condiciones imposibles de lograr en el universo real. En palabras sencillas, equivale a esto: un cilindro de materia ultradensa, girando a una velocidad mayor a la mitad de la velocidad de la luz, genera un campo. No un campo de fuerza en el sentido estricto. Llamémoslo, en cambio, una región en la que algunas cantidades varían según la posición del observador. Un cuerpo que pasa por ese campo puede ser transportado directamente de acontecimiento en acontecimiento. En un lenguaje más popular, según el camino que tome, puede ir desde cualquier punto del espacio-tiempo a cualquier otro dentro del alcance de la máquina'.
Tal fascinante descripción corresponde a la novela El avatar (The Avatar, 1978), del norteamericano de origen escandinavo Poul Anderson, un viaje iniciático por el espacio-tiempo a través de extraños cilindros construidos por una enigmática raza alienígena, los Otros.
Los cilindros o máquinas de Tipler son, en esencia, unos dipositivos concebidos en el contexto de la relatividad general, con potenciales aplicaciones para el viaje en el tiempo. Originalmente propuestos por el controvertido físico Frank J. Tipler en 1974, se trata de cilindros de dimensiones infinitas, ultradensos y en rápida rotación (con una velocidad en la periferia del cilindro de la mitad de la velocidad de la luz para compensar, por efecto centrífugo, su colapso gravitatorio), capaces de producir deformaciones en la estructura espacio-temporal. Pese a que hay menciones a los cilindros en la literatura científica desde 1932, Tipler fue el primero en publicar una solución físicamente consistente y libre de singularidades.
El también físico y escritor de ciencia-ficción John Gribbin ha sugerido que un cilindro 'suficientemente' largo, con un cociente entre longitud y radio del orden de 10, podría producir efectos análogos. El desplazamiento a lo largo del cilindro permitiría viajar por el tiempo, con la única restricción de destinos posteriores a la fecha de construcción del cilindro. Ahí es nada...
Se han alzado voces críticas contra la viabilidad de los cilindros de Tipler. Entre otros problemas, surge la altísima densidad requerida para su construcción, superior en más de 40 órdenes de magnitud a la de la materia nuclear. Tal proyecto de ingeniería espacial exigiría un material no sólo desconocido, sino difícil de concebir... Aparte de su elevada densidad, debería hacer frente a las tensiones extremas de la rápida rotación del cilindro: con un radio de unos 10 kilómetros y una longitud de 100 kilómetros, es preciso una aceleración centrípeta 200.000 millones de veces mayor que la gravedad terrestre para dar la velocidad angular requerida. Por si fuera poco, dada la ingente masa involucrada en el diseño del cilindro (incluso en el de bolsillo, de 10x100 kilómetros), sería difícil evitar su colapso gravitatorio al construirlo, antes de poder imprimir al cilindro su extraordinaria rotación.
Algunos científicos, como Stephen Hawking, se manifiestan en contra de la viabilidad de cualquier máquina del tiempo teórica. Fiel a esta premisa, el escritor Larry Niven, autor del relato Rotating Cilinders and the Possibility of Global Causality Violation (1979), plantea la historia de un equipo de científicos literalmente fulminado por una extraña explosión estelar, momentos antes de utilizar un cilindro de Tipler. El universo se erige aquí en guardián del espacio-tiempo, eliminando todo riesgo de posibles paradojas...
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de abril de 2002