La debacle económica que sufre estos días Argentina tiene su prólogo en un suceso trágico que, injustamente, no sacudió la conciencia del mundo ni provocó la vergüenza colectiva. Ocurrió el pasado año. Hablo de René Favaloro, uno de los mayores científicos del siglo XX que, junto a los doctores Barnard y Grusin, revolucionó la cardiología y salvó millones de vidas con su decisiva aportación a la cirugía cardiovascular. A Favaloro se debe, por ejemplo, el invento de la técnica quirúrgica del by-pass aortocoronario. Nació en Argentina y tras sus estudios en la Universidad de La Plata se formó como cirujano en el Cleveland Clinic de EE UU. Allí experimentó con éxito en 1965 la genial locura de crear un puente entre la aorta y la arteria coronaria obstruida con un trozo de vena extraída de la pierna del paciente. El hecho le proporcionó el reconocimiento de la comunidad médica internacional, convirtiéndose en todo un hito de la ciencia. Fue entonces cuando rechazó la oferta multimillonaria de quedarse en Norteamérica por el puro deseo de ejercer la medicina en su país natal y contribuir al desarrollo de la investigación médica en Argentina. Creó el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular René Favaloro, fundación que durante muchos años resultó decisiva para el desarrollo de la medicina en toda Hispanoamérica y para el fomento de la investigación, todo a cambio de un salario ridículo que podía triplicar en cualquier lugar del mundo con una sola conferencia. Sin embargo, en los últimos tiempos, el rostro del doctor Favaloro se fue demudando ante una sociedad cada vez más insensible y ante la inesperada anulación de la ayuda estatal que recibía su centro. Atenazado por las deudas, agotado de llamar a todas las puertas imaginables, de pedir de nuevo ese apoyo oficial para pagar a los profesionales e investigadores que tenía a su cargo, el pasado julio se quitó la vida de un disparo al corazón. Desde ese momento, la miseria de un país como Argentina tocó fondo y dejó escrito un desenlace que ninguno de sus poderosos supo leer a tiempo, tan ocupados como estaban dando lustre a la indiferencia, alimentando absurdamente su orgullo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de abril de 2002