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Reportaje:

Una escolar de 95 años

Una mujer de Madrid acude a clase para poder leer las cartas de su hijo

Trinidad Martín no tiene que identificar ya los medicamentos por los colores de las cajas ni memorizar la lista de la compra porque, a los 95 años, acaba de aprender a leer y a escribir. Trinidad, una cacereña de pelo encrespado, es la alumna más veterana de los cursos de alfabetización de adultos que el Ayuntamiento de Madrid ofrece en 11 distritos de la capital.

Un cuaderno, un diccionario y una especie de plantilla escolar para mejorar la caligrafía son los compañeros inseparables de Trini desde hace cuatro años. 'Y las gafas de cerca', apostilla, con voz firme. Esta anciana se apuntó a la escuela para huir de la soledad y el aislamiento. 'En mi casa todo lo leía mi marido, pero se murió, y mi hijo vive en Inglaterra hace años', cuenta con entereza.

'En mi casa todo lo leía mi marido, pero se murió y mi hijo vive en Inglaterra', explica Trinidad

Al fallecer el esposo hace seis años, su vida cotidiana se transformó de golpe en un enigma: llegaban recibos 'extraños', cartas de su hijo que no podía leer y le asaltaban mil dudas. Al principio, recurrió a una sobrina para salvar los primeros escollos, pero un día decidió que tenía que hacer las cosas por sí misma. 'Me acerqué a un centro para ancianos que hay cerca de mi casa y pregunté a una chica si allí enseñaban a leer y a escribir. Me dijo que en el centro cultural de La Elipa podrían admitirme', recuerda.

Desde aquella decisión han pasado cuatro años que han cambiado la vida de Trinidad. No ha faltado ni una sola mañana a las dos horas de clase, y eso que tiene cita con el pupitre de lunes a viernes. 'Yo aquí estoy muy a gusto porque aprendo y, además, estoy con mis amigas; no he fallado ni con pulmonía', comenta esta alumna otoñal. Sin embargo, Trini planea no acudir hoy a clase. Su hijo le ha prometido visitarla por su 95 cumpleaños y, por esa razón, cree que las pellas están justificadas y que Marisa, la profesora, no se enfadará.

No sabe que el Ayuntamiento de Madrid le ha preparado un homenaje. 'El concejal de Educación, Fernando Martínez-Vidal, le entregará mañana [por hoy] una placa conmemorativa y un ramo de flores por ser la alumna más veterana de la ciudad', anticipó ayer el responsable de la División de Educación de Adultos del Consistorio, Emiliano González. 'Ella no sabe que hemos invitado a la ceremonia a su hijo y a sus nietos', tercia la maestra. Esos nietos de los que Trini puede estar hablando sin parar durante horas. Ayer mismo se acordó de ellos con el menor pretexto: 'Mi letra es como la de los médicos, ni yo misma la entiendo, pero mis nietos... ésos sí que son listísimos', se enorgulleció.

El esfuerzo de Trinidad es encomiable, según la profesora. 'Es una alumna muy constante que supera día a día su falta progresiva de memoria y sus problemas de psicomotricidad', elogia Marisa Prado.

El método que el profesorado sigue en el centro cultural de La Elipa no tiene misterio alguno. 'Es el mismo que se utiliza para enseñar a leer y escribir a los niños, aunque aquí vamos un poco más despacio', explica Marisa. De las 9.30 a las 11.30, las clases discurren entre la lectura, un dictado, ejercicios simples de matemáticas y comentarios sobre la última actividad extraescolar. Sí, porque Trini no se pierde ni una visita cultural, sea el Museo Thyssen-Bornemisza o la ermita de San Antonio. 'Tiene una vitalidad envidiable; por la mañana está en clase, por la tarde la ves paseando por el barrio y cuando vamos de excursión es la primera en apuntarse', manifiesta Eloísa, de 65 años, compañera de pupitre de Trinidad.

El arrojo de la alumna más veterana de Madrid no tiene límites. 'De haber podido estudiar, me habría gustado ser política, porque hablo mucho y luego no hago casi nada; además, mi marido me decía que me gusta mucho mandar, que me parezco a un sargento', revela.

La tecnología es otra de sus debilidades: por ejemplo, poder hablar por teléfono con su hijo con sólo apretar un botón ('antes tenía que marcar 14 números') le parece fascinante. Lo que le gusta es la actividad, de ahí que se niegue a pasar temporadas largas con su hijo en Londres. 'Como eso del inglés lo entiendo poco, mi hijo no me iba a dejar salir sola a la calle', reconoce. Eso sí, sus problemas con la lengua de Shakespeare no la hacen insensible a las cuitas de los ingleses. 'El otro día lloré mucho con la muerte de la reina madre; tenía pocos años más que yo', afirma con pena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de abril de 2002