El pasado 25 de abril fue un día grande para la Comunidad Valenciana. En las Cortes Valencianas se reconoció la figura de un valenciano insigne y se reparó, con el retraso de cinco décadas, una injusticia. Me refiero a la condecoración que recibieron los familiares de Luis Lucia Lucia (1888-1943) a la memoria del líder y fundador de la Derecha Regional Valenciana (1930-1936), el único partido conservador con raíces valencianas que consiguió influir en la política española con perspectiva autonomista.
En los últimos meses se ha repetido, con motivo de la publicación del libro de Vicent Comes que recoge su biografía y su significación política, que Lucia sufrió el doble suplicio de soportar dos sentencias a muerte en el plazo de tres años. Una en la España republicana a partir del levantamiento de julio de 1936, y la otra después de firmada la paz en abril de 1939, mediante juicio sumarísimo por un tribunal militar.
Aunque se desconoce de quién ha sido la iniciativa, hay que reconocer que se trata de una inteligente decisión, y un éxito para quienes han contribuido a crear un estado de opinión en torno a la personalidad de este político valenciano y a la trayectoria ideológica honorable que le llevó a soportar sendas penas capitales.
Martín Domínguez Barberá escribió que 'dar tierra a los muertos no es sólo concederles adecuada sepultura. Es situar a cada cual, según su talla, en su sitio justo. Y ello viene a ser siempre una obra saludable de pacificación, como es toda obra inspirada en la equidad'.
Supongo que muchos no se explicarán cómo se ha podido prolongar este silencio y esta injusticia durante tanto tiempo. Son esas cosas que ocurren de vez en cuando entre nosotros los valencianos.
Ensalzamos y falseamos la tragedia de Lluís Vives y su familia. Recuperamos la faceta más trivial de Blasco Ibáñez. Desconocemos el calado de Teodor Llorente i Olivares y nos quedamos con los brochazos más inconsistentes de Sorolla. Aderezamos el bodegón con las notas de Joaquín Rodrigo, en su concierto de Aranjuez, mientras se nos escapan los acordes del organista Cabanilles y el humanismo plenamente europeo de Gregorio Mayans i Ciscar.
De todo eso y más somos capaces los valencianos. Pero de vez en cuando nos viene un ramalazo de trellat y santificamos a Vicent Ferrer o enderezamos la historia recomponiendo el perfil de Luis Lucia, precisamente en el Salón de Cortes Valencianas donde él hubiera querido estar con quienes lo homenajeaban.
Los valencianos, en la ingente labor de reconciliación que necesitamos, hemos iniciado con buen pie este año 2002. Ahora falta que se complete el gesto y que se divulgue el significado de este acto. No se trata de que unos cuantos nostálgicos dignifiquen la personalidad de un político que murió amargado. No es eso, sino un paso lento, eso sí, que se da para que los valencianos nos aproximemos a nuestros orígenes políticos, en las raíces del movimiento empresarial contemporáneo y en el terreno de las convicciones y los principios. Todos ellos fundamentales y todos respetables, aunque nos cueste reconocerlo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002