Como recien salido del siglo XIX, Arcadi Volodos se presentó en el Palau encarnando la imagen de un virtuoso romántico: dueño absoluto del teclado, casi parecía un mago capacitado para transmitir al público emociones excelsas e intuiciones inalcanzables. Fue, además, intérprete en el sentido absoluto (aunque también relativo) del término: las transcripciones no le arredran, sino que le estimulan. Así, lo que hizo Liszt con los lieder de Schubert, sufrió, a su vez, la 'relectura' del propio Volodos, que acentuó sin reparos los acentos más pianísticos y deslumbrantes de esta reconversión. Poco quedó de La bella molinera y del Schwanengesang, con el canto desaparecido tras los esplendorosos recorridos por el teclado. Es cierto que fue Liszt quien cometió el pecado, pero no lo es menos que Volodos, al incluirlo en su programa, lo acepta como opción. Y, con su rutilante lectura, lo traduce de forma tan espectacular como discutible.
Ciclo Grandes Pianistas
Arcadi Volodos. Obras de Scriabin, Schubert y Liszt. Palau de la Música. Valencia, 2 de mayo de 2002.
Antes, en la Sonata D. 157, tampoco se había hecho dueño del universo intimista y casi tímido del austríaco. Máxime en una obra como ésta, donde Schubert aún parece estar saliendo del cascarón. En el primer movimiento, el piano de Volodos resultó demasiado poderoso para un compositor todavía oscilante entre Mozart, Beethoven y él mismo. El Andante, sin embargo, con unas coordenadas estilísticas bastante más definidas, le sirvió al ruso para demostrar que también sabe cantar y ensimismarse con su instrumento, y que su ejecución no es sólamente virtuosismo y poderío.
En cualquier caso, la música de Scriabin y la de Liszt -sobre todo la del primero- se le acoplan mucho mejor. El pedal generoso -pero no emborronador-, la izquierda potente que se deja caer donde y cuando conviene, la facilidad con que ejecuta pasajes complicados sin transmitir nunca el estrés al público, la flexibilidad en el fraseo y la rica gama de color que extrae de su instrumento -desde las sonoridades más 'acuosas' hasta timbres bien abruptos y esquinados- se adaptan como anillo al dedo al carácter vesánico de esta música. Fueron también ejemplares los remansos líricos que introdujo en su discurso.
Nos encontramos, sin duda, ante un virtuoso excepcional que sólo tiene 30 años y que casi parece reclamar la sucesión de -por ejemplo- un Horowitz. Ciertamente, el Estudio op.8 nº 12 con que Volodos cerró la primera parte (uno de los bises favoritos de aquel mítico pianista) se aproximó bastante a la lectura de su compatriota, manifestando el mismo grado de tensión y de dominio. Arcadi Volodos es joven. Transita ahora por el difícil terreno de Scriabin, Liszt y Rachmaninov. También se aventura algo con Schubert (esta vez con la D. 157, otras con la D. 894). Y con algún Schumann (la Kreisleriana, por ejemplo). Sería muy interesante oírle, en directo, un Mozart o un Beethoven. Aunque quizás, la mejor prueba de madurez es saber reservarse para más adelante.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002