Durante la mayor parte del siglo XX, la pregunta política determinante era: ¿qué piensa usted de Rusia? En este comienzo del siglo XXI, la pregunta es: ¿qué piensa usted de Estados Unidos? Dime cómo es tu América y te diré quién eres.
Sentado aquí, en la sequedad de Stanford, California, he intentado desentrañar exactamente qué pienso yo. Algunos escritores europeos consideran a Estados Unidos un gigante egoísta y peligroso, que da tumbos por el mundo y se dedica a hacer el mal. Y que, de fronteras adentro, es una antología de todos los males del capitalismo, a diferencia de nuestras versiones europeas, moralmente superiores.
Pues bien, para empezar, no estoy de acuerdo con ninguna de esas dos cosas. Entre otros motivos porque Estados Unidos es tan grande, tan variado, tal cornucopia de combinaciones y contradicciones, que no se puede reducir de esa manera. Aquí, en Stanford, está el cartel en que se lee: 'Estamos unidos', colocado después del 11 de septiembre en el bar de sushi japonés-americano, pero también la librería que se declara 'zona sin odios', con una nota en la que lamenta las recientes agresiones contra norteamericanos de origen árabe. Está el letrero de 'Estoy orgulloso de ser americano' en la puerta del club, pero también esa adolescente que se declaró musulmana después del 11 de septiembre porque en el colegio le habían dicho que la cultura islámica es fantástica. Está el fanatismo unilateralista de Fox TV, pero también el multilateralismo paciente de los viejos hombres de Estado entrevistados en la CNN. Como escribió Walt Whitman: '¿Me contradigo? / Pues muy bien, me contradigo. / Soy grande, contengo multitudes'.
Lo que no se hace es tan fatídico como lo que se hace. Muchas veces, el problema es precisamente que la hiperpotencia no interviene: recuérdese la agonía bosnia
La democracia acarrea sus propias tentaciones: imponer aranceles injustificados a las importaciones del acero, amenazando la estructura de libre comercio
Como potencia económica, su único rival es Europa. Como potencia militar no tiene igual. Su gasto en Defensa es mayor que el de los ocho países que le siguen
Un país maravilloso
Es decir, cualquier generalización tiene que equivocarse. Mi conclusión es más complicada: adoro el país y me preocupa su papel actual en el mundo. La palabra adoro la empleo en un sentido amplio, claro, tal como corresponde a nuestro inglés cada vez más americanizado. Adoro la energía, la franqueza, la alegría común de la gente en las tiendas y las calles, la sensación de libertad que se tiene al conducir durante horas por una carretera californiana, bajo esos cielos inmensos, y el sentimiento de que todos -sean quienes sean y vengan de donde vengan- tienen una oportunidad de construir su propia vida. 'Dígaselo a un niño negro pobre de los que viven en un barrio desfavorecido', protestarán, y con razón; pero, en comparación con la vieja Europa, complicada y esnob, ¿quién puede afirmar honradamente que nunca ha visto esa sensación de oportunidad en el Nuevo Mundo?
También adoro la precisión de The New York Times, la energía del programa Crossfire en televisión, la tenacidad y perspicacia de las mejores universidades del mundo, e incluso la comida rápida, que nunca sabe exactamente igual en Europa. Y a los activistas norteamericanos con los que he colaborado en el este de Europa y los Balcanes, personas que de verdad quieren que otra gente tenga las libertades de las que ellos disfrutan.
Cada uno tendrá una lista diferente, pero seguro que tiene una. Estados Unidos forma parte de nuestra vida imaginaria, independientemente de que hayamos crecido en Bilbao, Pekín o Bombay, gracias al cine, la música, la televisión e Internet. Todo el mundo tiene una Nueva York en su cabeza, aunque nunca haya estado allí; por eso causó tal impacto la destrucción de las Torres Gemelas. Esa fascinación que ejerce la cultura norteamericana, en el sentido más amplio del término, es un elemento de lo que el profesor Joseph Nye, de Harvard, llama el 'poder blando' de Estados Unidos.
Entonces, ¿por qué me preocupa el papel actual de este país tan maravilloso en el mundo? En parte, porque he visto en la CNN las imágenes del cuartel general de Yasir Arafat en Ramala y la reacción del presidente George W. Bush en su rancho de Tejas. Tengo miedo de que, si Estados Unidos emprende la guerra contra Irak al tiempo que apoya las acciones de Sharon contra Arafat -ambas cosas, en nombre de la llamada 'guerra contra el terrorismo'-, el mundo islámico se una contra Occidente y cree una división entre Europa y América, con consecuencias catastróficas que durarían años.
Ahora bien, mi inquietud va más allá de la preocupación por la política actual de un Gobierno concreto respecto a Oriente Próximo. El problema fundamental es que Estados Unidos, hoy, tiene mucho más poder del que le conviene a nadie, incluido él mismo. Tiene ese 'poder blando' incomparable y mundial en todas nuestras mentes. Como potencia económica, su único rival es Europa; como potencia militar, no tiene igual. Su gasto militar es mayor que el de las ocho potencias militares que le siguen, unidas. Desde Roma, dicen, no ha habido una potencia que gozara de tanta superioridad, pero el coloso romano sólo ocupaba una parte del mundo. Si se le quita el trasfondo antiamericano, el término acuñado por el ministro francés de Asuntos Exteriores, Hubert Vedrine, resulta apropiado: 'hiperpotencia'.
Lo malo del poder norteamericano no es que sea norteamericano. Muchos lectores estarán en desacuerdo. Pero díganme, con la mano en el corazón: ¿de verdad preferirían que ese poder tan abrumador estuviera en manos de rusos, chinos, japoneses o, ya puestos, franceses o británicos? ¿De verdad?
Supervisión
No, lo malo del poder norteamericano es el poder en sí mismo. Todo ese poder sería peligroso incluso aunque fuera un arcángel el que lo tuviera. Los autores de la Constitución de Estados Unidos decidieron, con prudencia, que no debía predominar ningún centro único de poder, por benigno que fuera; porque hasta los mejores podían verse arrastrados por la tentación. Por tanto, cada poder debía someterse, al menos, a la supervisión de otro. Lo mismo ocurre en la política mundial.
Desde luego, es una ventaja que todo ese poder esté en manos de unos gobernantes sujetos al escrutinio de una democracia desarrollada y crítica. Pero la democracia, en una hiperpotencia, acarrea sus propias tentaciones. Por ejemplo, la tentación de imponer aranceles injustificados a las importaciones de acero y, con ello, amenazar la estructura mundial de libre comercio con el fin de obtener unos cuantos votos en los Estados que lo producen.
Además, cuando se es tan poderoso, lo que no se hace es tan fatídico como lo que se hace. El Gobierno de Bush tomó posesión decidido a no verse arrastrado a una mediación minuciosa entre israelíes y palestinos, como le había sucedido a Bill Clinton. Los horrores de los atentados suicidas contra israelíes inocentes y el asedio de Ramala son, al menos en parte, consecuencia de esa política, que podríamos llamar de distanciamiento partidista. Los detractores europeos, en general, creen que Estados Unidos enreda las cosas cada vez que interviene, y es cierto que ha habido ejemplos de ello, desde Camboya hasta Nicaragua. Pero muchas otras veces, el problema es precisamente que la hiperpotencia no interviene; recuérdese la agonía de Bosnia.
¿Y quién debe supervisar y complementar el poder norteamericano? Las organizaciones internacionales, empezando por Naciones Unidas, claro está, y otras organizaciones transnacionales no gubernamentales. Pero no es suficiente. Mi respuesta es Europa. Una Europa en situación de igualdad económica con Estados Unidos y una Europa que es un sólido grupo de Estados con larga experiencia diplomática y militar. No una Europa que se considere una superpotencia rival, sino una Europa que es el socio más importante de Estados Unidos en una comunidad mundial de democracias liberales.
Lo difícil, por supuesto, es limpiar esta idea de su viscoso tegumento antiamericano y hacerla realidad. Pero tenemos que hacerlo. Si lo conseguimos, muchos norteamericanos se alegrarán. 'Una cooperación saludable con Europa', escribe Samuel Huntington, uno de los analistas políticos más influyentes hoy en Estados Unidos, 'es el mejor antídoto contra la soledad del superpoder'. Es una invitación, y el caso es urgente.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002