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LA COLUMNA | NACIONAL

Auschwitz puede repetirse

SE NOS PREGUNTA con frecuencia, escribió Primo Levi en su última entrega sobre los Lager, si 'Auschwitz' puede repetirse, 'es decir, si volverá a haber exterminios en masa, unilaterales, sistemáticos, mecanizados, provocados por un Gobierno, perpetrados entre poblaciones inocentes e inermes, y legitimados por la doctrina del desprecio'. Primo Levi tenía todas las razones del mundo para saber de qué hablaba y en su definición no dejó atrás ninguna de las notas que identifican ese acontecimiento como único, singular. Su respuesta fue, sin embargo, que una tragedia semejante había ocurrido ya en Camboya, en 1975, y que la combinación de factores que habían conducido a las matanzas alemanas 'puede reproducirse y en parte se está reproduciendo ya en algunas partes del mundo'.

Levi escribió Los hundidos y los salvados en 1986 y se suicidó un año después, sin tiempo para rectificar su impresión de que en el mundo occidental, en Japón y en la Unión Soviética, debido a que los Lager de la Segunda Guerra estaban todavía en el recuerdo de todos, sería particularmente improbable que se repitieran las matanzas. No habría escrito lo mismo de haber vivido unos años, sólo unos pocos años, más. En el mundo occidental, aquí al lado, en las orillas del Mediterráneo, volvimos a presenciar exterminios en masa, unilaterales, sistemáticos, mecanizados, provocados por Gobiernos, sobre poblaciones inocentes e inermes, y legitimados por la doctrina del desprecio.

Homicidas de todo el género humano llamó Cervantes a los perpetradores de esta clase de matanzas. Primo Levi no lo habría dudado: cuando un puñado de estos homicidas del género humano llega al Gobierno y dispone de medios mecanizados para llevar a cabo una operación de exterminio, Auschwitz es otra vez posible. Lo que nunca hubiera podido imaginar es que esa posibilidad aparecería en la tierra de su propio pueblo judío. Israel dispone de esos medios y su actual Gobierno está más que poseído por la doctrina del desprecio: a sus ojos, la vida de los palestinos -hombres, mujeres, niños, inocentes o culpables, armados o inermes- no vale nada. Todos son lo mismo: terroristas o cómplices de terroristas. Su condición humana les ha sido arrebatada hasta su última raíz, el derecho a su tierra, a sus casas. Una vez desposeídos, no les queda más que una salida: la fuga, el exilio. No tiene otra explicación la política del Gobierno de Sharon de reducir a escombros sus ciudades, destrozar sus instituciones de Gobierno, reventar sus carreteras, cortar los suministros de agua y electricidad. La única finalidad de esta violencia que no conoce ni acepta límites consiste en expulsar a los palestinos de Cisjordania y mostrar, a quienes no se vayan, que su vida nunca podrá ser humana, que vivirán cercados, acosados, encerrados en sus campos de infamia.

Un Gobierno dispuesto a una limpieza étnica sólo se detendrá si la presión exterior es suficiente para obligarle a desistir de su propósito. Esa presión, hoy, sólo puede llegar de Estados Unidos. La Unión Europea no es un Estado ni puede serlo; por tanto, nunca tendrá una política exterior común, ni dispondrá de medios militares para realizarla: el poder militar de la Unión Europea no existe si no es en el marco de la OTAN, como corifea de Estados Unidos. Pero desde el 11 de septiembre, y aun antes, Estados Unidos ha optado por el unilateralismo en política exterior. El poderoso lobby de Israel en Estados Unidos entiende perfectamente esa opción, la apoya, se identifica con ella. Sus intereses, por el momento, coinciden. De ahí la arrogancia del Gobierno de Israel con los emisarios de la Unión Europea, y su convicción de que Yavé, o sea, Estados Unidos, puede apretar, pero nunca ahoga.

Ciertamente, Auschwitz ha sido un acontecimiento singular. Nada puede disolver esa singularidad convirtiendo el exterminio del pueblo judío en una muestra más, otro número de una larga cuenta, del mal radical que los homicidas del género humano son capaces de infligir al género humano. En este sentido, decir que Yenín es Auschwitz no pasa de ser una frase vacía, de esas que suelen pronunciar quienes se presentan a sí mismos como portavoces de la humanidad. Yenín es otra cosa, como otra cosa fueron las palizas, incendios, roturas de cristales, estrellas de David, que los alemanes propinaron a los judíos antes de llevarlos a los campos de muerte. Sí, pero sin palizas, incendios y cristales rotos, nunca hubiera existido Auschwitz. Yenín no es Auschwitz, pero demuestra hasta la saciedad que, si alguien no detiene al Gobierno de Israel, Auschwitz puede repetirse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002

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