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AGENDA GLOBAL | ECONOMÍA

Nuevos 'estados de ánimo' regulatorios

SE REFIERE KEYNES en su Teoría general a esas agudas y a veces inexplicables oscilaciones de los estados de ánimo en relación a los asuntos económicos. Animal spirits los denomina. Quizá como consecuencia de los excesos cometidos en dos décadas largas de desregulación, parece más que intuirse un giro de legítima intolerancia ante los asuntos de corrupción que protagonizan entre sí muchas empresas privadas, y en relación a lo público. Ya ocurrió con las finanzas de los partidos políticos, y ahora se extiende al universo de las sociedades y a su gobierno.

Los excesos de la desregulación matan a la desregulación. La cosa comenzó con el escándalo Enron, cuyas consecuencias económicas seguramente son las más importantes, incluida la propia coyuntura, desde el 11 de septiembre. Enron contenía los ingredientes de una gran estafa con una parte de contabilidad creativa, otra de pasarelas entre la propia empresa y la Casa Blanca, otra más de enriquecimiento de los directivos a costa del engaño a los clientes y el resto de los trabajadores, etcétera. Pero no sólo se ha quedado en Enron.

La investigación abierta a Merrill Lynch con el objeto de saber si engañaba a los inversores demuestra que en la economía de mercado tampoco hay atajos y que la regulación es imprescindible para que funcione

Que los departamentos de inversión y de análisis de las grandes casas de intermediación y de auditoría no eran independientes, era un secreto a voces entre mucha gente informada, que no traspasaba al gran público. Ahora se ha rasgado el velo con la investigación que ha abierto el fiscal general de Nueva York a la mayor firma de intermediación de valores estadounidense, Merrill Lynch, que es como decir la mayor firma mundial. Que razones sociales de la estirpe de Andersen o Merril Lynch sean objeto de atención de la justicia es la demostración de esos nuevos animal spirits.

El fiscal de Nueva York ha tenido conocimiento de una serie de correos electrónicos internos de Merrill Lynch en los que sus analistas calificaban como basura valores de la nueva economía que luego eran recomendados públicamente a los inversores. En privado se decía una cosa; en público, otra. Esa autoridad jurídica -a la que se ha añadido con carácter universal la Securities and Exchange Commission (SEC), principal órgano de control de los mercados de valores- investiga hasta qué punto la compañía engañó a los inversores, y la ha obligado a colgar de su página web la lista de empresas que hacen negocios con ella. Se trata de conocer si las compañías analizadas con tanto rigor en el secreto de su correo electrónico eran, además, clientes de la misma.

Desde entonces, la sospecha de que no existen murallas chinas entre los departamentos de inversión y análisis de los bancos, que preserven su independencia, se ha extendido. Nombres como los de Morgan Stanley Dean Witter, Salomon Smith Barney, Goldman Sachs, Lehman Brothers, Lazars Freres, UBS Paine, etcétera, la crème de la crème de la banca de inversión, están en el punto de mira de la SEC y la justicia.

Durante los años de la revolución conservadora, sus manuales han intentado convencer a los ciudadanos de que la economía de mercado poseía sólo tres pilares esenciales: precios libres, propiedad privada y beneficios. En un régimen de competencia, se decía, ellos hacen que los mercados funcionen, aportan los incentivos, logran que las empresas produzcan lo que se necesita al menor coste posible y coordinan las decisiones económicas. Era una versión coja de la economía de mercado: se olvidaron de la importancia de las instituciones, o fingieron que las tenían en cuenta, pero las demediaron. Los organismos legales y reguladores han adquirido ahora una significación central para que las cosas funcionen. Aunque muchos de los hagiógrafos de mercado han aludido a la necesidad de esta infraestructura institucional, la han despachado a toda prisa o han generado órganos anémicos, incapaces de controlar los abusos o sin medios para ser eficaces.

Estos desequilibrios demuestran que tampoco en la economía de mercado puede haber atajos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002

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