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Un remanso de paz armada

El remanso de Camp David, escenario de una paz imposible para Oriente Próximo e idílico marco de tantas conversaciones íntimas entre grandes del mundo desde que Franklin Delano Roosevelt lo adoptara en 1938 como refugio de sus achaques, es un campamento militar regido con férrea disciplina armada por los marines. Situado al fondo de Maryland, en un espeso bosque de abedules y hayas ligeramente montañoso, todo en él parece secreto, desde su extensión hasta la distancia que le separa de Washington.

'No estamos dispuestos a discutir eso', respondió perentorio un joven funcionario de la Casa Blanca al ser preguntado al respecto, aunque por la duración del viaje en autobús, descontados los atascos, se pueda calcular un recorrido aproximado de unos 120 kilómetros. Ninguna indicación orienta al viajero que desee conducir su coche hasta este lugar histórico.

El tono verde de la veintena de cabañas de madera, especie de barracones que ocultan interiores confortables, las altas y dobles alambradas electrificadas que cercan el recinto, los trajes de camuflaje y voces de ordenanza en los controles confirman un aire castrense. El protocolo de la seguridad militar es tan estricto para los invitados como para la prensa. Está terminantemente prohibido el uso de teléfonos móviles y de cualquier aparato electrónico dotado de software. Está prohibido fumar.

Las normas obligan a perpetuar siempre la misma imagen de las entrevistas del presidente de Estados Unidos, que desfila con su esposa y séquito, tras el pelotón de honores, hasta el lugar donde recibe a sus huéspedes. Los tiempos y campos de filmación son definidos a gritos por un oficial que advierte de que cualquier infractor será detectado por las omnipresentes cámaras de vigilancia. Y castigado. 'Se le quitará la cámara y será arrestado', apostilla el joven funcionario de la Casa Blanca.

El viernes por la tarde, cuando, cumplido el ritual de saludos y declaraciones de amistad, José María Aznar y Ana Botella se montaron en el carrito de golf que les indicó George Bush para ir hasta la cabaña Birch, donde se alojaron, en Camp David soplaba un viento gélido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002