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Reportaje:

El equipo de balonmano de Alcobendas se hace mayor

El balonmano madrileño regresa a la élite con un equipo de aficionados y chicos de la cantera tras dos décadas de ausencia

Al Canal Alcobendas le crecieron este año los enanos, pero no le importó. Al revés, lo celebra. Después de resurgir del rescoldo del extinto Atlético de Madrid, la escuela de este modesto club de balonmano ha dado sus frutos. Los niños se han hecho adultos y la entidad ya es equipo de la Liga Asobal, la élite, la competición de los mayores. Han bastado 20 años de esfuerzo, de penuria económica y de ilusión. 'Ésa es la palabra: ilusión', subraya Alberto Suárez, el entrenador de este grupo de jóvenes y no tan jóvenes que, con uno de los presupuestos más bajos de la División de Honor, han conseguido el retorno de un equipo madrileño al olimpo del balonmano tras dos décadas de ausencia.

Una calle flanqueada de edificios de ladrillo y arbolitos anémicos esconde el pabellón Severo Ochoa. Un rectángulo que oculta el laberinto por el que transita la vida del Canal Alcobendas. En una minúscula oficina, Beatriz Bañares, la presidenta, consulta sus papeles mientras olvida un cigarrillo en equilibrio sobre el cenicero.

Bañares dirige el club porque sus dos hijos, de 16 y 18 años, juegan al balonmano. Así, a base de acompañarlos a entrenar se familiarizó con la entidad. Tanto, que ahora es su máxima responsable. Pero esta mujer no ejerce sus funciones como sus homólogos de otros clubes más poderosos. 'Veo los partidos con el público', confiesa. Los desplazamientos los prepara con los seguidores y aprovecha para 'hacer un poco de turismo'.

Los jugadores tampoco corresponden al estereotipo del deportista de primer nivel. Muy pocos son profesionales. El que más cobra no llega a los 1.200 euros mensuales. Casi todos practican el balonmano más por afición que por ambición. Muchos provienen de la cantera.

Rubén, por ejemplo, regenta un bar de copas. 'Un chollo, siempre lo tiene lleno por sus compañeros', dice Luis Carlos Torrescusa, vicepresidente y uno de los técnicos del club. 'Pero nadie falta a los entrenamientos, ¿eh?', advierte el técnico.

Ricardo Márquez y Luis Kloske son la metáfora romántica de este club de bolsillo. 'El balonmano es una vitamina', sostiene Kloske, un tipo de 24 años que se levanta cada día a las siete de la mañana para desplazarse desde su casa en El Escorial a su trabajo en el aeropuerto. Remata su jornada a las doce de la noche, cuando, agotado, llega a casa de los entrenamientos.

Ricardo, el abuelo del grupo, tiene 33 años y el rostro curtido por el sol. Él también necesitaría un día de más de 24 horas. Además de dar clases en un instituto, es padre de cuatro hijos. 'Casi todo el marrón se lo come mi mujer', admite. 'La dedicación a este deporte no tiene nada que ver con el dinero', explica Kloske, y Márquez, tirado a su derecha, asiente, al tiempo que asegura que lo único importante es que sus hijos le hayan visto conseguir 'la hazaña del ascenso'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002