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COLUMNA

El FMI está sangrando a Argentina

Cuando estalló la crisis financiera argentina, pensé que la principal responsable era la propia Argentina, y no las instituciones internacionales, como el FMI. Ahora, medio año después, hay que revisar el balance de la responsabilidad. Aunque en el análisis definitivo Argentina es la principal responsable de su suerte, el FMI no está ayudando. El problema no es sólo, ni siquiera principalmente, la tardanza del FMI en dar dinero a Argentina; es la escasez de ideas decentes del FMI.

El Fondo no tiene una idea clara de qué va a hacer en Argentina. Sigue machacando con un único tema: que la crisis argentina es la consecuencia del derroche fiscal, la consecuencia de que el Gobierno viva por encima de sus medios y recalca la necesidad de que Argentina reduzca sus gastos presupuestarios. Conforme empeora la crisis, y de hecho cabe la posibilidad de que la producción caiga un 10% o un 15% este año y de que el desempleo se dispare, el FMI sigue exigiendo nuevos recortes. Este método del FMI fue abandonado en los países ricos hace unos setenta años, durante la Gran Depresión.

Con la reapertura de los bancos, una moneda que funcione y la suspensión del pago de la deuda, los préstamos del FMI podrían dar confianza al país

El Fondo está ignorando que el aumento del déficit presupuestario argentino es más que nada la consecuencia de la caída económica del país desde 1999, no la causa. El déficit era relativamente llevadero hasta 1999, cuando la economía entró en recesión. Y sí, hay despilfarro fiscal, pero no es la causa de una crisis macroeconómica extrema. La recesión se debe principalmente no al gasto presupuestario, sino a la fuerte devaluación de su moneda que llevó a cabo Brasil en febrero de 1999, una medida que hizo perder competitividad al peso argentino y llevó a los inversores a esperar (correctamente) una devaluación similar en Argentina.

A medida que los inversores fueron abandonando el país por miedo a una devaluación (en un momento en el que el Gobierno argentino prometía que nunca devaluaría el peso, fijado en una proporción de uno a uno con el dólar), los tipos de interés aumentaron y los depósitos bancarios cayeron. Esto agravó la recesión en 2000 y 2001 y desembocó en un aumento del déficit debido al descenso de la recaudación impositiva. El Gobierno argentino en aquel momento (bajo el presidente De la Rúa) y el FMI probaron la falsa cura de los recortes presupuestarios de la era de la Depresión, pero era imposible que la austeridad pudiera compensar la caída de la recaudación. El déficit presupuestario siguió aumentando conforme la economía se derrumbaba.

El planteamiento correcto para resolver los problemas de Argentina en 2001, y también ahora, habría sido poner fin a las especulaciones sobre una devaluación. Yo me inclinaba por el método de la dolarización, o sustituir el peso por el dólar y así acabar con los temores respecto a una futura variación. En vez de eso, el Gobierno cerró el sistema bancario, de modo que los depositantes ya no podían convertir sus pesos en dólares. El paso correcto ahora sería restaurar la confianza en el sistema bancario y la moneda. La mejor forma de conseguirlo es dolarizando la economía, que es lo que Argentina debió haber hecho en otoño. Además, la comunidad internacional debería ofrecer fondos de emergencia para ayudar a proveer de seguros de depósitos a los bancos, y así restablecer un mínimo de confianza en las instituciones financieras.

Los bancos internacionales en Argentina deberían trabajar con el Gobierno para restablecer las funciones bancarias en cuestión de días, no de meses. Se debería conceder a Argentina una suspensión total de pagos de su deuda extranjera durante un año, que debería ir seguida de una reducción significativa de la deuda global. Con la reapertura de los bancos, una moneda que funcione y la suspensión del pago de la deuda, unos cuantos préstamos del FMI podrían dar confianza al país. Sólo entonces deberá el Gobierno comprometerse a emprender una vía responsable sobre el gasto presupuestario, pero sin recortes excesivos.

En lugar de eso, el FMI recomienda soluciones anticuadas o falsas. Al centrarse en el déficit presupuestario, está persiguiendo los síntomas, no las causas. Está ofreciendo recomendaciones imposibles y está diciéndole a Argentina que reduzca al máximo los servicios públicos, cuando los colegios y hospitales ya están a punto de colapsar. Ya es hora de que el FMI se plantee su misión de forma científica y reconozca que va por un camino equivocado en Argentina.

Jeffrey D. Sachs es catedrático Galen L. Stone de Economía y Director del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard. © Project Syndicate, abril 2002.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002