Concibe el señor Aznar la globalización como 'libertad de oportunidades para todos' basada, esencialmente, en la libertad de empresa, y de ahí, como por ensalmo y sin aclarar el proceso, derivan todas las demás libertades, en un exceso de licencia poética. Su teoría es muy sencilla: los empresarios crean riqueza, y de ella se beneficia toda la sociedad a través del empleo. Sin embargo, esa teoría no es más que un colador repleto de agujeros. En primer lugar, no todos tendrán trabajo; en segundo lugar, una buena parte del trabajo será precario y mal retribuido, y en tercer lugar, habrá muchos que ya no estarán en edad o condiciones de trabajar (pensionistas). Para ellos, y para los que, aún trabajando, no tengan un salario suficiente, la única oportunidad de vivir con su irrenunciable dignidad de seres humanos es un sistema distributivo de la riqueza -impuestos- que posibilite a todos un salario monetario o en especie -seguro de desempleo, pensiones, sanidad, educación, etcétera- suficiente para atender a sus necesidades. A eso se le llama igualitarismo: la otra cara de la moneda que, ineludiblemente, debe acompañar a la libertad para corregir sus desviaciones.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002