Lionel Jospin definió el éxito de Le Pen como la descarga de un rayo. Es cierto que el triunfo de Le Pen es preocupante, pero, desdichadamente, no supone ninguna sorpresa para aquellos que han venido siguiendo la tendencia en las elecciones en Europa en los dos últimos años. Una de sus características ha sido el avance de la extrema derecha desde los márgenes más lejanos de la política europea hasta representar a una minoría significativa. Este patrón se ha repetido en Viena, Copenhague, Rotterdam, y ahora en París.
La nueva fuerza de la extrema derecha es un tema preocupante, pero no debe causar pánico. Aún no ha subido por encima de una quinta parte del electorado, aunque ha sido suficiente para dejar al centro-izquierda fuera del Gobierno en países como Austria y Dinamarca. Lo fundamental ahora es que haya una respuesta coherente y mantenida para detener futuras incursiones de la extrema derecha y para desalojarla de su nuevo territorio político.
Ésta es una tarea que tiene tanto una dimensión europea como nacional. La xenofobia y la estrechez chauvinista de la extrema derecha suponen una flagrante contradicción frente a la asociación y cooperación sobre la que está construida la Unión Europea. Lo que impulsó la arquitectura de la Europa moderna fue la reacción ante las políticas de identidad étnica y de dominio nacional, y la destrucción y violencia que éstas provocaban.
Es imposible seguir eliminando barreras entre los pueblos de Europa si los políticos de cada país están ocupados en levantar fronteras entre los distintos pueblos de su propio Estado. Por tanto, es legítimo y necesario que los socialdemócratas de toda Europa manifiesten su preocupación y se unan para dar una respuesta al ascenso del extremismo de derechas en cualquier parte de Europa.
Nuestra primera respuesta debe ser mostrar a la extrema derecha como la amenaza que es. Su política del chivo expiatorio, que culpa a los inmigrantes o a cualquier otra minoría de los problemas de la nación, garantiza la intensificación de los conflictos, las divisiones y las tensiones en el seno de cualquier sociedad.
La extrema derrecha tampoco puede resolver ninguno de los problemas del mundo moderno. En los últimos días he oído afirmar que se asemeja a parte de la izquierda en su rechazo a la globalización. Esto es un error básico. La gran mayoría de los manifestantes de izquierdas respecto a la globalización quieren más inversión internacional, un comercio más justo y unos acuerdos multinacionales más estrictos en materia de medio ambiente. En cambio, la extrema derecha despotrica contra la realidad de un mundo interdependiente con una movilidad en aumento y una toma de decisiones multinacional. Ofrecen a sus votantes la ilusión de que la realidad moderna desaparecerá si se tapan la cabeza con la confortable manta del chauvinismo nacional. Su ideología, enraizada en el pasado de su nación, está fuera de lugar en el mundo moderno.
Pero poner de manifiesto la amenaza y la improcedencia del neofascismo no es suficiente. El centro-izquierda debe también volver a definirse como una fuerza política con una respuesta positiva para los temas que preocupan a nuestra opinión pública y que han tentado a muchos a caer en los brazos de la extrema derecha.
La mayor de estas preocupaciones, y con creces, es la delincuencia. La ley y el orden han sido una baza que la extrema derecha ha jugado en Europa con demasiada frecuencia. En Gran Bretaña, Tony Blair ha conseguido que la preocupación pública por la delincuencia, en lugar de ser un punto débil de la izquierda, se convierta en un punto fuerte. La izquierda debe defender el argumento de que su compromiso con la cohesión social es la mejor base para atajar el crimen. La reducción de la delincuencia bajo el Gobierno laborista, por ejemplo, se debe en gran parte a los espectaculares avances conseguidos en la reducción del paro juvenil. Hoy día la cifra de jóvenes que llevan largo tiempo desempleados es apenas un 1% del nivel alcanzado con Thatcher.
Igualmente, el racismo venenoso de la extrema derecha se combate mejor celebrando la fuerza que la pluralidad cultural aporta a cualquier sociedad. Nuestros países son más prósperos, están más vivos y tienen mayor diversidad cultural gracias a las oleadas sucesivas de personas que han hecho de ellos su hogar. Estamos también mejor situados para triunfar en el mundo moderno, en el que el contacto con el extranjero no es una amenaza, sino la ruta hacia el progreso.
La insidiosa atracción del racismo radica en que ofrece una respuesta sencilla a todos aquellos que se sienten amenazados por unas situaciones más amplias y complejas. Tenemos que comprender la angustia de aquellos que piensan que su seguridad económica y su puesto en la sociedad se ven minados por las fuerzas del rápido cambio económico.
La globalización es más ventajosa para aquellos que tienen unos conocimientos cotizados internacionalmente. Por el contrario, los poco cualificados están expuestos a una competencia internacional más intensa, que a menudo tiene como consecuencia que su puesto de trabajo se transfiera a países más pobres o que se les reduzca el salario para mantener el puesto en su propio país. Entre ellos hay muchos que tradicionalmente han apoyado a los partidos de izquierda, pero a los que la angustia ha arrojado directamente a los brazos de la extrema derecha.
La izquierda europea no tiene en sus manos la posibilidad de hacer nada para detener la fuerte tendencia global a trasladar la producción en masa al Tercer Mundo. Ni nos sentiríamos a gusto intentándolo, puesto que apoyamos con entusiasmo el desarrollo de los países más pobres. Pero podemos y debemos tomar medidas activas en nuestra propia sociedad para impedir que se establezca cualquier tipo de vínculo entre la economía global y nuestra desigualdad doméstica.
Los gobiernos socialdemócratas han demostrado que es posible buscar tanto la competitividad internacional como la justicia nacional. En el Reino Unido, las últimas estadísticas muestran, por ejemplo, que bajo el Gobierno laborista la quinta parte de la sociedad con ingresos más bajos ha visto un aumento en su renta tan grande como el de la quinta parte con ingresos más altos. Esto supone una transformación drástica desde los años de Thatcher, cuando la quinta parte más alta aumentó sus ingresos 30 veces más que la quinta parte de ingresos más bajos.
La izquierda tiene que esforzarse más en transmitir este compromiso a los que la han apoyado tradicionalmente. Para poder triunfar, cualquier movimiento de centro-izquierda debe estar basado en una coalición entre nuestros partidarios tradicionales menos privilegiados y las clases medias con más aspiraciones. La reciente ascensión de la extrema derecha nos advierte de que tenemos que prestar la misma atención a todas las partes de la coalición si queremos mantener su unidad.
Robin Cook es presidente del Partido de los Socialistas Europeos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002