Las elecciones internas que el PSOE ha organizado desde que está en la oposición son una caricatura de las elecciones primarias tradicionales en Estados Unidos. En este país suele participar en las primarias más de un 30% de los electores; en el PSOE, menos de un 3% de sus votantes. En Estados Unidos, los participantes en las primarias son ciudadanos con preferencias intensas que tienden a elegir candidatos más extremos que el conjunto de los electores: más izquierdistas y de origen local en el Partido Demócrata y más conservadores en el Partido Republicano. En el PSOE, la participación de los activistas o militantes del partido también llevó en 1998 a la victoria de un candidato claramente más izquierdista que la media de sus votantes, pero éste fue pronto marginado por los líderes tradicionales de la organización.
Los líderes políticos juegan en dos campos a la vez: el interno de la relación con los militantes y los grupos de presión de su partido, y el externo con los ciudadanos y los otros partidos. Los líderes en el Gobierno o con expectativas de acceder pronto a posiciones de poder pueden aplacar a los militantes y grupos de presión internos mediante concesiones de cargos y favores. Suelen conseguir así un apoyo organizativo y financiero suficiente para desarrollar costosas campañas electorales sin renunciar a la libertad de gobernar a su aire y de prometer políticas atractivas para el conjunto de los ciudadanos. En cambio, los líderes en la oposición carecen de otros recursos y se pueden sentir obligados a recompensar las contribuciones organizativas y financieras de sus afiliados y simpatizantes con concesiones políticas e ideológicas, las cuales pueden alejarles de otros sectores más amplios de ciudadanos.
La paradoja de los partidos políticos es que cuanto más 'democráticos' son internamente, más rígidos son hacia afuera, es decir, cuanta mayor es la influencia de los activistas y menor la de los líderes, más tiende el partido a adoptar posiciones político-ideológicas que le pueden proporcionar poco apoyo popular. En cambio, los líderes políticos más capaces de innovar la agenda, el programa y las posiciones del partido y de conseguir con ello éxitos electorales, tienden a ser autoritarios internamente. El primer modelo de un partido internamente democrático y externamente derrotado corresponde, por ejemplo, al Partido Comunista de España durante la transición, en el que la presión de numerosos militantes formados en un antifranquismo activista y radicalizado provocó notorios conflictos internos. En el segundo modelo de partido internamente autoritario y electoralmente victorioso hay que incluir tanto al PSOE de González como al PP de Aznar, así como, por ejemplo, al Partido Conservador de Thatcher y al nuevo Partido Laborista de Blair.
Como en el PSOE, la fórmula de elecciones primarias ha sido adoptada por algunos partidos después de sonadas derrotas electorales. Así ocurrió, de hecho, en EE UU tras los violentos conflictos entre delegados y activistas en la Convención Demócrata de 1968 y la consiguiente derrota en la elección presidencial. La llamada Comisión McGovern-Fraser del ala izquierda del partido propuso entonces la difusión de las primarias para seleccionar al candidato a presidente; en la primera ocasión, el propio senador McGovern obtuvo la nominación y perdió las elecciones por un enorme margen. Análogamente, tras la primera victoria de Thatcher en 1979, en el Partido Laborista británico se adoptó un procedimiento de selección de candidatos muy participativo, con gran peso de los militantes en las agrupaciones locales y de los sindicatos, el cual llevó a sucesivas derrotas electorales durante un largo periodo. Blair sólo consiguió ser designado candidato y llegar al Gobierno tras una reforma del procedimiento interno, que redujo drásticamente la influencia de los grupos de presión. Otro caso reciente de adopción de elecciones primarias al estilo de EE UU es el Partido Conservador de Canadá en 1998, asimismo tras una espectacular derrota electoral.
En este tipo de situaciones, la derrota genera tensión interna y demandas de renovación del partido, de sus líderes y de sus candidatos. Las elecciones primarias pueden crear entonces oportunidades de debate y de cambio, aunque también suelen revelar el conflicto y generar confrontación. Así ocurrió en las primarias del PSOE en 1998. Sin embargo, en la presente ocasión parece que los actuales líderes del partido pretenden reducir significativamente la participación, por lo que cabe que los intereses ideológicos de los militantes queden esta vez más subordinados a los intereses de los políticos profesionales, interesados sobre todo en ganar elecciones y recuperar el poder.
Josep M. Colomer es profesor investigador en Ciencia Política en el CSIC y la UPF.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002