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COLUMNA

La voz y el martillo

He elegido un título mestizo para esta columna dedicada al pensamiento del trabajo, por tres razones. Para insistir en que no hay en lo social terminologías obsoletas; que nunca ha sido más cierta la realidad de un mundo de pobres y ricos; que también parecía anacrónico el fascismo, una antigualla, y ahí están Le Pen y Bossi y muchos fascistas más, haciendo ya política, con la indumentaria de camuflaje, mordiéndose la lengua de momento, esperando el momento.

Para recordar la sorpresa que ha provocado el ambiente de este Primero de Mayo. Ambiente despierto, como recién levantado, en claro contraste con las manifestaciones átonas y meramente protocolarias de los últimos años. Y sobre todo para subrayar que en el cambio de una simple consonante -la h por la v- se contiene la lógica más implacable de nuestro mundo, en el que sólo existe -sobrevive como tal- quien consigue visibilizar su voz, hacerla de algún modo audible.

La realidad económica de nuestro país -que crece por encima de la media comunitaria, se nos repite- incluye también otros records europeos: el de mayores índices de paro, de contratos temporales y de siniestrabilidad laboral. Es decir, que esa creciente riqueza, lejos de ser un edificio sólido y coherente -en lo material, lo ideológico y lo ético- es una construcción blanda en sus materiales, principios y valores, y además temblorosa, porque se asienta sobre las arenas movedizas de los contratos precarios o basura, o de los no contratos o infracontratos de una inmigración exprimida cuando no explotada.

Y sin embargo esa realidad social insustancial, desequilibrada, insostenible sin el apuntalamiento de un sistema cada vez más dado a utilizar la fuerza, esa realidad evidentemente injusta, no va acompañada de un intenso trabajo sindical, de una activa defensa de los derechos de todos los trabajadores. Los sindicatos parecen, por el contrario, más apáticos que nunca, más átonos. Y vuelvo a insistir en la sorpresa que ha causado la festiva tonicidad de la última conmemoración obrera.

¿Por qué entonces esta contradicción? ¿Por qué esa atonía sindical en los tiempos de tanto cólera, de tanta aguda enfermedad laboral? La respuesta está, a mi juicio, en la voz, en la representación. Los sindicatos reúnen y defienden hoy los intereses de sectores que están, en lo fundamental, consolidados en sus empleos y en sus estatus. Representan a realidades personales, estructurales y sociales que no conforman ya, en lo esencial, el proletariado. Porque el nuevo proletariado está debajo y lo constituyen hoy -como siempre, no hay tampoco aquí acepciones obsoletas- los más desfavorecidos del engranaje laboral. El proletariado son hoy las mujeres y los inmigrantes; trabajadoras/es temporales y temporeros y temporalizados por antonomasia; marginalizados y discriminados por excelencia.

Y sin embargo, ni las mujeres ni los inmigrantes tienen voz sindical; sus reivindicaciones sólo se incluyen de manera puntual y como epígrafe políticamente correcto en los discursos; su defensa sigue recayendo de manera evidente, flagrante, en otro tipo de organizaciones y colectivos.

Las mujeres y los inmigrantes, a pesar de concentrar y resumir la injusticia social, no son los hilos, ni literales ni simbólicos, de la red protectora de las organizaciones de los trabajadores. Nunca les vemos, ni a ellas ni a ellos, en los medios de comunicación o en los debates. Esa es la actualidad del mundo del trabajo, ordenado de acuerdo con un diseño -intemporal- de clases: verticalización de intereses, recelo del prójimo más desvalido. Noción de que no hay causas comunes sino convenios y conveniencias propios.

Esa es la actualidad. Y el cemento sobre el que se construye de un modo en absoluto movedizo y tembloroso, la lógica - perpetua- del capital. La fórmula de los pocos y los muchos; de lo mucho y lo poco, respectivamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002