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COLUMNA

Córdoba, romana y sola

Cuanto más se escarba en Andalucía, más romana parece. Como si se removiera en sus entrañas clásicas, un nuevo testimonio emerge cada cierto tiempo, irrefutable. Por debajo incluso de la patria de Trajano y Adriano, estuvo aquí la diosa Herma, que acaba de resucitar en Lebrija; rosada y menuda protectora del hogar. Y Dis Pater, mistérico dios de los infiernos, en Mulva. Y Paris, que desencadenó la guerra de Troya porque no pudo resistir la belleza de Helena, en un mosaico de colorido deslumbrante acabado de restaurar, procedente de Casariche, donde quieren algunos etimólogos que se esconde la presencia de César. (Caesar hic est, o sea, rodando el tiempo y las palabras, Casariche). En Écija, un dios Baco exprimía su decadencia orgiástica en otro mosaico que sorprendió a propios y extraños en el Pabellón andaluz, Expo 92. ¡Ah, pero...!, decían, sin atreverse a formular la sorpresa, como teniendo que arrinconar en un momento el cliché morisco y jaranero.

Y así nos hemos acercado a Córdoba, romana y sola, remedando al poeta granadino. Ya no lejana, porque el AVE la ha puesto, y más que la pondrá, a un tiro de envidia de otras capitales andaluzas. Pero sola sí, al menos en su alcurnia romana, no siempre comprendida. Días atrás, paseando por un mayo más florido que nunca, vislumbramos la huella de los últimos dioses. En el Alcázar de los Reyes, una algarabía de niños, compitiendo a saltos con los gorriones por las acequias, aprendía de sus maestros la historia pagana, sobre otros mosaicos por allí cercados, y un guardián estricto nos impedía acercarnos a la excavación colindante de las murallas romanas. Así que volvimos al interior, donde Séneca greñudo imparte lecciones de ética desesperada, y parece meditar en la última frase de su Jasón a Medea: 'Cabalga por los nobles espacios, y donde quiera que vayas di que los dioses no existen'. Junto a Séneca, un sarcófago de mármol bellísimo, como para cogerle gusto a la muerte. Es la Córdoba espléndidamente humana, y sólo humana, del siglo III. El Olimpo en ruinas, Cristo apenas nada y Alá que ni siquiera había nacido. El relieve de dos pavos reales afrontados, en este sarcófago, simboliza una eternidad más bien retórica. Valen más el cestillo de mimbre que pregona la sencillez de la señora de la casa, y una paloma blanca, pureza y fidelidad al lecho del marido. También están Pegaso, Eros y Psique, fundamentos menudos de cuentos populares que mis amigos de Córdoba rastrean por sus pueblos milenarios. En ellos Medea es Blancaflor, Pegaso libera a Juan el Oso, Amor y Psique son El Príncipe Lagarto y la hija del jornalero, amándose a escondidas en un palacio encantado del olivar. Del olivar romano, naturalmente.

Córdoba en flor y multitudes. Un concejal de IU, con su impecable acento de vocales abiertas, oficia un casamiento laico y profano, acorde con el entorno, para una novia guapa, de mirada de almendra melancólica, y un mozo cetrino y cohibido, como todos.

Por fin, a la penumbra de la taberna llegan ecos de un lejano fragor. El triste emperador de ahora ha perdido, dicen, el control de la provincia. Brindemos, fragante vino el de Montilla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002