Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Morir tres veces

Eran los tiempos en que ese ciego inteligente, culto, con aspecto de gravedad aunque cargado de sentido del humor llamado Jorge Luis Borges sólo tenía 20 años y se ilusionaba como los niños ante Papá Noel cuando descubría algo diferente a lo que él conocía, y por supuesto más interesante, o se lo parecía en ese momento, que todo lo que conocía. La metáfora de los ultraístas le semejó una flor de mil colores, y la cultivó y defendió a capa y espada. Había estado, con su familia, como prisionero en tierra helvética, sin poder visitar otros países europeos porque la guerra lo asolaba y destruía todo. Había conocido a los expresionistas, varios de ellos refugiados en Suiza, y sin duda había oído hablar de los dadaístas y Tristan Tzara. A sus 18 años, leyendo diarios en alemán y francés, descubrió que las teorías de los bolcheviques no eran monstruosas, sino todo lo contrario, y pergeñó versos loando ese monumento a la justicia social.

Borges fundó en 1922 la revista 'Proa', que tuvo tres vidas. ¿Podría tener una cuarta?

Cuando llegó a España, siempre con papá, mamá y hermana, fue subyugado por el carnaval de las palabras que propició el maestro Cansinos Assens, a quien Borges siempre admiró. Se convirtió al ultraísmo en Madrid y lo transportó primero a Mallorca y después a Buenos Aires, y consiguió que se arremolinaran en torno a él media docena de aspirantes a poetas que se habían entusiasmado con todo lo que les contaba Jorge Luis. Pero el entusiasmo no se quedó en charlas de café ni en garabatear versos atravesados por vibrantes metáforas, fue mucho más allá, primero una revista mural que se llamó Prisma, que los mismos poetas pegaban en las esquinas de las calles más transitadas del centro, y después esos mismos jóvenes tomaron conciencia de lo que hacían y consideraron que debían extender sus tentáculos y llegar a otros ámbitos y a otros poetas.

Fue así como nació la revista Proa cuando corría el mes de agosto de 1922. Colaboraban muchos de los poetas que Borges había conocido entre Sevilla, Madrid y Mallorca, y toda aquella juventud porteña que había entregado poemas para la revista mural Prisma. Pero no siempre querer es poder, y por más que toda esa juventud quisiera prolongar la vida de su revista, no duró más de tres números, que no salieron periódicamente, sino todo lo contrario, y el tercero se publicó en julio de 1923, casi un año después de la fundación de la revista. Borges ya empezaba a entrar en su temprana madurez, ya había tenido una novia a la que le había prometido matrimonio, pero todo se había desdibujado con un nuevo y corto viaje a Europa. Y sus versos ya no eran lo que habían sido. Como muestra contundente está su primer libro, Fervor de Buenos Aires, que se publicó en l923, poco antes de su segundo viaje europeo. Así que cuando le hablaron de que poetas de generaciones anteriores a la suya querían publicar una revista, él, guiado por su amigo generacional Brandon Caraffa, entró en contacto con Ricardo Güiraldes, Rojas Paz y el ya su amigo y celebrado Masedonio Fernández, y se dio vida a una segunda etapa de Proa.

Nada hacía suponer en l924 que Proa volvería a sucumbir pronto, aunque la duración -algo más de dos años- y los números publicados superaban por un amplio margen a los de la primera etapa. Ya no había en Borges fervor a la metáfora, tampoco a Concepción Guerrero, su primera novia argentina, a quien dedicó varios poemas, Despedida y Sábados -aparecieron en Fervor de Buenos Aires-, el fervor era a Buenos Aires y a la literatura seria, distante de la practicada en España y en sus dos o tres años de retorno a la capital argentina. Estaba naciendo otro Borges al que todas las revistas argentinas tratarían de captar y que ya no pensaba en románticas aventuras literarias, sino que tenía puestas sus aspiraciones en cumbres mucho más altas. Jorge Luis empezaba a publicar y a tener éxito, a quedar inmerso en el más selecto ambiente literario de la mejor burguesía argentina. Proa era un recuerdo, unas páginas que amarilleaban en las hemerotecas.

Posiblemente no pensó que esa revista de juventud tendría una tercera etapa, y mucho menos en los motivos y la forma de la tercera muerte de esa publicación tan frágil que fallecía casi al nacer. Roberto Alifano, que fue secretario de Borges en sus últimos años, hasta las vísperas de su segundo matrimonio, dirigió durante siete años esta publicación, que alcanzó medio centenar de números, la vida más larga de una revista con el estigma de la muerte siempre encima.

La crisis económica que sufre Argentina, de la que se empezó a tener tristes noticias entre noviembre y diciembre del año pasado, determinó que los altos costes quebraran todos los entusiasmos, la paciencia y la tenacidad de quienes trabajaban en la redacción y luchaban por evitar una nueva desaparición. Nada extraño sería que se produjera una cuarta etapa de Proa, pero ¿cuándo?

Carlos Meneses es escritor y periodista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002