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Necrológica:

El clarinete de la banda

Le quería: quería mucho a este amigo gordísimo, irónico, riente a carcajadas, y uno de los grandes músicos vivos de España. A esta edad el oficio de necrólogo pone muchas veces los pelos de punta: no por la presencia rondadora de la muerte entre nosotros, sino por la soledad que se agranda. Le veía a veces, siguiendo una procesión con su uniforme de la Banda Municipal, tocando el clarinete o en el quiosco del Retiro. '¿Qué haces todavía tocando en la banda, siendo Carmelo Bernaola?'. 'Por la pensión, para cuando me tenga que jubilar'. Sus alumnos le gritaban vivas cuando la banda pasaba hacia Palacio por donde lo que entonces era el Conservatorio. Tenías pocos, porque eras de clases muy altas: contrapunto, composición, armonía. Los viernes iba a trabajar con él Concha Barral, terminada ya su carrera de piano; y sonaba el teléfono de casa: 'Que Carmelo dice que te vengas a comer'. Un día, en un restaurante portugués frente al Conservatorio donde ahora hay una arrocería, el maître leyó su letanía: 'Fuera de carta, bacalao Gomez de Saa; a la portuguesa, en tajadas con aceite....'. '¡Bueno!', decía Carmelo. '¿A qué?'. 'A todo. Y tú también', me decía. Claro, qué iba a hacer yo. Otras veces íbamos a Guria, sobre todo cuando había ganado su Athletic, y el maître -que ahora tiene otro restaurante- y él lo celebraban: y yo, claro, ante la mirada de Concha ante los locos. 'He recibido hoy una chistorra... Os la traigo con un huevo'. '¡Con dos, con dos!', 'Y las alubias, cómo no...'.

En su casa -por la calle de Ruiz, éramos casi vecinos- hubo que tirar paredes para meter el enorme refrigerador. Y la habitación de al lado se había quedado diminuta para él y su piano. No lo tocaba bien, no era su instrumento: para el clarinete ha dejado obras inolvidables. 'El instrumento de Mozart', decía él. Y podía uno impregnarse literariamente de que en algún cuarteto ese hombre gordo y saludable y colorado dejaba un tempo rubato, un dulcísimo sentimiento mozartiano.

En su música había muchas cosas. No sé si este vasco-vasco resultaba más español que todos los músicos de su deslumbrante generación. La Banda Municipal de Madrid era para él algo más que una jubilación o un miedo a la pobreza, tan permanente en los artistas como en la época de Murger: no sé si el repertorio de zarzuelas, pasodobles, pasacalles, chotis, le habían revelado que entre lo ramplón que oía había mucho más, muchísimo más, y si en los llamativos arreglos de Wagner de la Banda (¡la Cabalgata de La Walkiria!) en la que las orejas se me cerraban muscularmente solas él tenía la alquimia de sacar verdadera música. Y antes, con los Coros y Danzas de la Sección Femenina (habrá un momento en que olvidar las bromas políticas sobre aquello, y las seudomusicales, para recordar que aquellas chicas hicieron una gran labor con el patrimonio musical popular, y con la educación de las intérpretes); pero su calidad de músico culto y a veces difícil se enriquecía con todo ello. No sé si está editada en disco la partitura de ¡Bruja, más que bruja!, la parodia de zarzuela que hizo para el cine otro talento, Fernán-Gómez: pero creo que escuchada hoy podía dar muchas sorpresas de ironía y de modernidad, de talento de compositor, metidos en los tópicos que requería la parodia. Como en la selección de pasodobles que dirigió para la Sinfónica de Londres.

No serán éstas las obras que citarán los musicólogos para esta muerte, y tendrán razón, y también las he oído, y las tengo: y estarán siempre, pero yo estoy armando el fantasma de este día, el que nunca más veré, el del que se embutía en el uniforme de la banda a la que dejó para ir a dirigir el Conservatorio del País Vasco, y cuando ya el dinero le venía del cine, de la música incidental del teatro, de las cabeceras de series de televisión: estoy seguro de que jamás tuvo que arrepentirse de una de sus obras comerciales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002