La muerte de Carmelo Bernaola nos conmueve a todos y altera el rostro de nuestra música contemporánea. Era Carmelo un vasco de cuerpo entero, un castellano viejo sincero, un europeo sin fronteras y, también, un madrileño que hizo de la glorieta de Bilbao, corazón de Chamberí, un paisaje de vida y diálogo. Como músico de intensa vocación, fortísimo saber acuñado en España, oreado y aggiornato en Roma junto a Goffredo Petrassi, Carmelo Bernaola llegó a adquirir significaciones de indiscutible personalidad y en poco tiempo pasó de las canciones sobre Juan Ramón Jiménez al premodernismo del Pícolo concerto para Manuel Alcorlo o el modernismo de las Superficies y los Espacios que escandalizaron a la retaguardia musical barcelonesa.
No supo Bernaola de extremadas filias o fobias, de modo que concilió con facilidad la amistad discipular con Petrassi y Celibidache. Para entender a Bernaola e identificar las curvas y meandros de su fluencia musical, no puede olvidarse un dato: sin ser ni presumir de intelectual, Carmelo se encontró constantemente como hombre y músico de su tiempo en el mismo centro y en el ambiente de la palpitación cultural: como lector quizá desordenado pero curioso de todo y de todos, como contemplador activo de la pintura, como coprotagonista del teatro y el cinema, de la radio y la televisión, a las que entregó buena parte de su actividad. Y gracias a la apertura de su criterio, no le cogió de improviso cierto renacer del neopopularismo o el neoclasicismo que partía de datos concretos para arribar a playas insólitas. Incluso una página de título expresivo, Nostálgico, para piano y orquesta, arroja un saldo entre subyacente y expresivista de sutil neorromanticismo.
En 1979 Carmelo dejó sintetizado en las tres palabras de un título su más hondo secreto, pues lo definió con un grito que es a la vez declaración de principios: ¡A mi aire! De ese aire individual e independiente nació la larga producción de Bernaola prietamente contexturada en la segunda y tercera sinfonías, de 1980 y 1990. Poco después, en 1993, accede a la Academia de Bellas Artes y ocupa la vacante de Ernesto Halffter. Habló del nuevo sinfonismo días antes de que el pintor Torner disertara sobre El arte, víctima de sus teorías y de su historia. Otra vez se unieron sonidos y pinceles, pero en Bernaola todo se sometió al aire de su llamarada voluntariosa.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002