No fue el maracanazo y ni tan siquiera se puede catalogar como el mayor éxito en la historia del fútbol norteamericano, pero el triunfo (3-2) de Estados Unidos sobre Portugal quedará como uno de los grandes momentos de la Copa del Mundo. Pocas naciones sienten tanta pasión por el deporte como Estados Unidos. Está en la épica de su joven cultura, como el jazz, el rock o el cine. Los americanos han hecho de los juegos un universo singular, y hasta les han dado forma propia. Así nacieron el béisbol, el baloncesto o ese fútbol que no lo es: el fútbol americano. Y con cada uno de ellos, surgieron los héroes que permanecerán siempre en el imaginario colectivo de los estadounidenses: Babe Ruth, Joe di Maggio, Jim Brown, Joe Namath, Bill Russell, Wilt Chamberlain, Michael Jordan.... Sin embargo, Estados Unidos siempre ha rechazado al fútbol, lo ha orillado, despreciado, no ha tenido con él la consideración que merece en el resto del mundo. No lo entiende y lo ha condenado a la marginalidad. Hace 52 años, en el Mundial de Brasil, EE UU venció a la Inglaterra de Stanley Matthews, pero nadie se enteró. Cuando regresaron los jugadores, sólo les esperaban sus familiares. Nadie ha conseguido tocar la tecla adecuada para instalar el fútbol en la conciencia del deporte americano.
A los ojos del mundo la victoria sobre Portugal es un suceso memorable. Un puñado de jugadores desconocidos se impuso a un equipo con algunos de los futbolistas más famosos del planeta. Portugal no es Brasil, ni Italia. Pero Figo es reconocido en todos los rincones. A su alrededor están varias estrellas de las principales ligas europeas. Enfrente tenían unos rivales que son anónimos en su propio país. Esa desproporción es la que convierte en especial la victoria de EE UU, que perennemente ha figurado en el tercer mundo futbolístico. Es una rareza ver a la superpotencia de nuestro tiempo en el papel del débil, disfrutando de un breve minuto de gloria, el que se ganó por derecho propio y el que le concedió la penosa Portugal.
El partido confirmó la sospecha del pronunciado declive de la generación de Figo. Parecían espectros de lo que fueron no hace mucho. Figo tuvo el aspecto abatido de sus últimos meses en el Madrid y Rui Costa jugó como los futbolistas súbitamente envejecidos. Atrás quedan los mejores días de un equipo que prometió grandes cosas durante una década y que casi nunca se situó a la altura de las expectativas que había generado. El remate llegó ayer de la forma más cruda posible. A Portugal le ha llegado la hora del cambio.
La jornada se cerró con el empate entre Alemania e Irlanda. Parecía un trámite, pero los irlandeses no se rinden fácilmente. Les puede faltar juego y jugadores; corazón les sobra a todos. Y fe en un estilo superado por los tiempos. Claro que a ellos no les importa: siempre habrá un pelotazo, un delantero grandón que lo desvíe y un tipo listo que lo aproveche: lo que hicieron Quinn y Robbie Keane para empatar en el último minuto.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002