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Más rápido que el viento, e incansable

Hace un par de meses Bruce Arena se sentó con DaMarcus Beasley en un rincón y le comió el coco, le convenció de que aceptara sin rechistar que su papel en la selección de Estados Unidos se reduciría a jugar cinco minutos por partido. Pocos días después, Arena, un neoyorquino de Brooklyn que había conducido a Estados Unidos hasta el Mundial de Corea y Japón, volvió a sentarse con Beasley. 'Creo que delante de ese cinco tendrás que poner otro número', le dijo. '¿Un dos, un cuatro?', le preguntó Beasley. 'Más alto, más alto, quizás un ocho, o un nueve'.

Ayer, en el extraordinario debut de los estadounidenses en el Mundial asiático, en un partido que supuso su primera victoria mundialista en ocho años, DaMarcus Beasley, un chico de 20 años cumplidos en mayo, un interior izquierdo que no para, que corre que se las pela, que deprime a defensas y delanteros rivales por igual (pues ataca y defiende incansable: 15 kilómetros se recorre por partido), un chico duro y descarado que no tiene ni un músculo en un cuerpo aún en desarrollo, elasticidad que le permite poseer un regate eléctrico, jugó los 90 minutos. Jugó muy bien, y, súbitamente, su nombre, que sólo tenían anotado en sus agendas los espías europeos del último Mundial juvenil (en 1999, Estados Unidos fue cuarto), se ha convertido en uno de los más conocidos del Mundial.

Beasley es joven, ingenuo y rápido, pero, pese a lo que diga su edad, no es un niño. Es un producto de la planificación (ha sido un internacional controlado en todas las categorías, desde los 14 años) y de la popularidad que ha alcanzado el fútbol entre los jóvenes urbanos (natural de Indiana, Beasley decidió ya bien pequeño que sería futbolista y se matriculó en Florida en la academia de Nick Bolleteri, el mismo lugar del que salen tenistas y golfistas prodigio, como Andre Agassi). Es un futbolista precoz que a los 16 años y 10 meses ya jugaba en la Liga profesional, y que después pasó al Chicago Fire.

Comparte vestuario con Hristo Stoichkov y cobra unos 33.000 euros por temporada: dos realidades que más que probablemente serán historia cuando termine el Mundial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002