No, no, no... No es posible que Palha sea tan malo como ganadero. No puede ser. Alguna razón oculta debe encerrar el misterio de la malísima condición de sus toros: un virus, una bacteria, un resfriado mal curado o quién sabe si un toro forastero, jovenzuelo y buen mozo, pero chusquero al fin y al cabo, que se saltó la valla una noche de luna, y se benefició a todas las vacas en edad de merecer.
Sea como fuere, es de suponer que el ganadero habrá convocado en su casa un comité de crisis y no le quedarán ya lágrimas en los ojos después del desastre. La verdad es que lo tiene crudo: o investiga el ADN de todos los toros mozos y juerguistas de los alrededores o mata la ganadería al completo. Si se decide por lo segundo, debe darse prisa porque, como se corra la voz, no se la van a comprar ni para carne. Claro que, bien pensado, si todo ganadero con un producto de saldo -el de Carmen Borrero parecía hijo de mismo padre- eligiera el camino del matadero habría que celebrar las corridas con el carrito de entrenamiento.
Palha / Dávila, Bautista, Millán
Cinco toros de Palha -tres fueron rechazados en el reconocimiento-, bien presentados, a excepción del 2º, anovillado y sospechoso de pitones, mansos, broncos y muy deslucidos. El 6º, de Carmen Borrero, manso y descastado. Dávila Miura: -aviso-, pinchazo, media y estocada perdiendo la muleta (ovación); estocada caída y un descabello (silencio). Juan Bautista: estocada perpendicular y baja y un descabello (silencio); tres pinchazos, estocada caída -aviso- y un descabello (silencio). Jesús Millán: pinchazo y estocada (silencio); estocada baja y un descabello (silencio). Plaza de Las Ventas, 5 de junio. 22ª corrida de feria. Casi lleno.
En fin, parece imposible que seis toros reúnan todos los defectos posibles de la ganadería brava: mansos, duros, ásperos, broncos, distraídos, deslucidos, violentos, descastados, y todos aquellos otros adjetivos que signifiquen lo más lejano al toro bravo, encastado y noble. Todos salieron sueltos del caballo, apretaron en banderillas y embistieron a oleadas y con la cara por las nubes.
Añádasele a esta cuadrilla un ventarrón de película de miedo, una tarde gris, triste y un cielo entoldado que presagiaba un diluvio que no descargó. Imagínense lo peor.
Un ejemplo: andaba Dávila Miura intentando zafarse del viento y de la violencia desatada del primero, cuando el toro vio en el suelo una banderilla que se le había caído del lomo, olió su propia sangre, miró al torero, y salió en estampida tras él como alma que lleva el diablo; los subalternos corrieron en ayuda del maestro y también recibieron su merecido en forma de loca carrera. Un susto morrocotudo.
Los tres toreros salieron de la plaza por sus pies, lo cual ya es un triunfo. Había que tener muchas agallas para matar con dignidad una corrida tan mala. Y lo hicieron, cada cual a su manera en una lucha desigual contra los elementos.
Dávila se marchó de la feria sin refrendar su triunfo sevillano. Se salvó de la cogida en su primero y se mostró precavido en el otro, tan difícil como los demás, y que exigía un torero con más dotes lidiadoras. Estar allí ya era un mérito.
Juan Bautista demostró que tiene un problema añadido: nadie le ha enseñado los fundamentos del arte del toreo o no es un buen alumno. Se da todas las ventajas y su técnica se reduce al instinto de supervivencia. Dio muchos pases, pero todos muy malos.
Y Jesús Millán estuvo valiente, aunque perfilero y con la muleta retrasada en su primero, y porfió muy cerca de los pitones ante el parado sexto que, al final de un largo trasteo, se cansó y corrió en estampida buscando la dehesa.
La gente se llevaba las manos a la cabeza: 'No puede ser tan malo este ganadero; no es posible'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002