Todo tiene una parte de atrás, se basa en unos cimientos o unos andamios que sustentan su lado de afuera y, en cierto sentido, lo hacen visible. Por alguna razón, siempre me ha gustado pensar en esa cara oculta de las cosas: voy a una exposición y me imagino las manos que han montado los bastidores de los cuadros o puesto en funcionamiento los focos; voy a una frutería y me imagino las manos que cogieron las manzanas, las apilaron en cajas, las metieron en un camión o las amontonaron, al llegar a la tienda, en forma de pirámide. No estoy seguro, pero quizá esa costumbre sea buena, porque ayuda a recordar la dimensión humana que tienen casi todas las cosas.
Ahora estamos viviendo, como cada año por estas fechas, uno de los momentos más luminosos de la ciudad, que es la celebración, en el parque del Retiro, de la Feria del Libro, un acontecimiento que, con todos los defectos que se le quieran poner, es extraordinario: durante tres semanas, Madrid se llena de novelas, libros de poemas o ensayos que brillan bajo los árboles como las plumas de un pájaro tropical; se llena de escritores y lectores que se reúnen en las casetas blancas como dos mitades de una misma moneda. La Feria tiene, quién lo duda, sus carencias y sus excesos, pero durante tres sábados y tres domingos la palabra libro se come a todas las demás, y ésa es una buena noticia.
La Feria también tiene una parte visible y otra parte invisible. Por lo general, se habla sólo de los escritores y se cuentan anécdotas de todo tipo, porque si hay novelistas y poetas raros, también hay lectores difíciles de entender. Yo firmaba una tarde de calor sofocante, hace un par de años, en la caseta del grupo Santillana, cuando de pronto se acercó un hombre de mediana edad, con cara de enfado, cogió un ejemplar de uno de mis libros y me pidió que se lo dedicara.
-Yo lo sigo a usted con interés -me dijo, pero en un tono que parecía más el de una reprimenda que el de un halago.
-Muchas gracias, es usted muy amable.
-De nada. Y en cuanto a ustedes -añadió, volviéndose ásperamente a las personas de la editorial-, ya podían poner la maldita caseta en otra parte. ¡Aquí no hay quien pare, con este bochorno! ¿Qué pasa, que Polanco no se puede permitir una caseta a la sombra?
-Bueno, por las mañanas está a la sombra y por las tardes al sol...
-¡Y un cuerno! Al sol, porque está firmando este pobre muchacho. Si firmara Polanco, estaría a la sombra.Le entregaron el libro, en una bolsa donde había una publicidad del Premio Alfaguara de novela.
-Pero, ¿esto que es? ¡Yo quiero el libro de Prado, no esto!
-Sí señor, el libro está dentro de la bolsa.
-¡No, señorita! Aquí dice que es el Premio Alfaguara. ¿Qué pasa, que Polanco te vende lo que le da la gana? ¡Esto es el colmo!
-No... mire, eso es sólo publicidad. Dentro está el otro libro.
-Pues quédese usted con la bolsa. ¿Por qué voy a ir yo por todo Madrid haciendo publicidad de lo que ustedes quieran? ¿Se creen que yo soy un hombre anuncio? ¡Maldito Polanco!
A mí me gusta pensar en las manos que montan la Feria del Libro y la sostienen, las que la hacen visible y posible, arman las casetas, transportan y preparan los libros, ponen los carteles: manos de operarios, conductores, publicistas, relaciones públicas, responsables de las editoriales y, sobre todo, libreros que seleccionan, distribuyen, colocan, cargan cajas, abren precintos, organizan pilas, cobran, dan el cambio. Hay gente que ve en todo esto un simple negocio. A mí me parece que es, en todo caso, un negocio montado en torno a una idea romántica, la idea de los libros, los lectores, de la necesidad de hacerle ver a la gente que una persona que no lee es una persona incompleta, reducida a los límites de sí misma.
Cada uno lo verá a su modo, pero les puedo asegurar que, en lo que a mí respecta, cuando llegue el fin de semana al Retiro sentiré gratitud por las manos que van a hacer que mis libros me estén esperando. Y al señor de antes, recordarle que dentro, donde están de lunes a domingo los libreros, hace aún más calor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002