Aunque en nuestro país la tentación de dejarse llevar por cierta apatía es fuerte desde hace algún tiempo, procuro no caer en ella, y hay acontecimientos que se han producido últimamente que ayudan a conseguirlo. Analizo cómo afectan estos acontecimientos a mi forma de entender la vida, y el asunto es desasosegante:
1.- Como todos sabemos, está convocada una huelga general para el 20 de junio que, en mi opinión, está plenamente justificada, porque el decreto ley aprobado por el Gobierno para reformar las prestaciones por desempleo es claramente regresiva en el terreno social ganado hasta ahora, y por su actitud autoritaria en el procedimiento empleado para ponerla en práctica.
Pero esto es Euskadi: aquí los sindicatos nacionalistas, aludiendo al virtual pueblo vasco, anteponen a la protesta lo que en su lenguaje empalagoso y resbaladizo llaman la creación del ámbito vasco de decisión, y, para no coincidir con los españoles, convocan la huelga para el día 19. Con los objetivos de la huelga absolutamente tergiversados, los trabajadores somos una vez más humillados en una cuestión fundamental en democracia.
2.- Los presuntos representantes en Euskadi de Jesús de Nazaret escriben una carta pastoral en la que, según ellos, expresan la opinión mayoritaria de sus representados. Lo expresado en la carta entra en contradicción con lo más básico del grito inconformista de Jesús, pero no importa, todos los católicos vascos quedamos incluidos en esa ambigua opinión mayoritaria. Los partidos políticos, mientras tanto, encantados con la polémica, manosean conceptos tan íntimos como religión, creyentes, moralidad, etc., según convenga a sus intereses.
Estoy harto de que se me incluya en mayorías que no son las mías, que se me cuente como perteneciente a un pueblo que no se qué es.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002