Salimos de Dublín, una mañana lluviosa del mes de abril, clima habitual en la zona, con dirección a Belfast y rumbo a la Calzada del Gigante, declarada patrimonio de la humanidad y situada en el condado de Antrim (Irlanda del Norte).
Dentro de la mitología celta existen al menos dos leyendas en torno a la calzada, y ambas describen cómo fue construida por el gigante Finn McCool. En una se cuenta que la hizo para llegar hasta su amada, que vivía en la isla escocesa de Staffa, donde se ha encontrado el mismo fenómeno natural. Y la otra leyenda narra cómo el gigante irlandés la construyó para retar al escocés a un combate de fuerza. Se dice que cuando el de Escocia fue derrotado, la calzada se hundió bajo el mar, de ahí que quedaran restos en ambos extremos de la misma.
Realmente, la Calzada del Gigante es un fenómeno geológico con más de 37.000 columnas de basalto, en su mayoría hexagonales, que surgieron tras una erupción volcánica hace unos 60 millones de años.
La calzada, una visita muy recomendable a los viajeros a la isla, era poco conocida hasta que, a mediados del siglo XVIII, una artista local, Susanna Drury, pintó varios cuadros sobre ella. Hoy, los lienzos descansan en el Museo del Ulster, en Belfast.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de junio de 2002