Desde muy pequeño he esperado que, cada cuatro años, llegara el Mundial de fútbol. Siempre me ha impresionado ver a millones de personas de orígenes tan distintos compartir sueños, y todos el mismo. Se aprende mucho mirando al mundo jugar. Pero esta vez, 24 años después, no puedo verlo.
Ahora el fútbol vale tanto que ya no puede estar al alcance de todos. Ese espectáculo democrático e igualitario que desde niño me cautivó, ahora tiene un precio.
Qué contrasentido, qué tristeza. Detesto a aquellos que se permiten racionarme las emociones con cuentagotas pensando que dar precio es dar valor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de junio de 2002