Siendo viajero del tren de Villalba me ha pasado de todo. En una ocasión subieron en Pitis una panda que parecía que habían consumido tóxicos, acompañados de perros de presa, y los perros se ensuciaron en el vagón. Otra vez, otros hicieron una fiesta, agitaron sus bebidas efervescentes, nos mojaron a varios, etcétera. Pero siempre los 'normales' callamos por miedo a la represalia.
El pasado día 19, en la estación de Villalba, un chico se sentó en la barandilla de las escaleras mecánicas. La escalera empezó a frenar y a hacer ruidos. Un vigilante se dirigió a él recriminándole. Asombrosamente, una señora gritó al vigilante: '¡Pero no le pegues!'. El vigilante se retiró diciendo: 'Lo de siempre'. Nadie dijo a la señora: 'No le ha pegado, está equivocada', y al vigilante: 'Tranquilo, seré testigo de que usted se ha comportado bien'. Nos comerán los bárbaros gracias a los que confunden los derechos humanos y a la mayoría pusilánime y silenciosa, entre los que me cuento.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de junio de 2002