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Reportaje:

Memorias de un lugar condenado

Uno de los últimos empledos del silo del puerto de Málaga recuerda sus años dorados

'Con el derribo del silo de trigo se perderá un símbolo importante del paisaje de Málaga', comenta apenado Antonio Merás, trabajador desde hace 30 años en este edificio mastodóntico que domina el puerto malagueño y que será derribado a finales del presente año tras medio siglo de vida. Este funcionario de la Junta, de 51 años, es actualmente el máximo responsable del silo, una mole de 20 metros de ancho por 80 metros de largo, que dejará de existir como consecuencia de la cuarta reforma del Plan Especial del Puerto, que parece la definitiva y pretende abrir la ciudad al mar eliminando barreras arquitectónicas como el almacén de cereales.

Atrás quedará la época de esplendor de un silo que abasteció de grano, llegado principalmente de Argentina, a toda la provincia de Málaga durante la cruda posguerra. 'Cuando más tráfico registró el silo fue en los años cincuenta y sesenta. No sólo se importaba el trigo, sino que también se exportaba desde los campos andaluces a países como Italia, Grecia o Alemania', recuerda Merás mientras supervisa el funcionamiento de la 'veterana pero eficaz' maquinaria inglesa que permanece en el edificio desde su inauguración. Unas máquinas cuyo historial de averías está prácticamente en blanco. 'Algunas fueron creadas con maderas de pino rojo tan buenas que han aguantado medio siglo sin caer presa de las polillas', afirma con orgullo.

El silo de Málaga fue el primero que se construyó en un puerto español. Obra del arquitecto José Inzaga, vio la luz en 1952. 'Fue un alarde tecnológico y económico para aquella época. Hay que tener en cuenta que sólo los cimientos costaron 66 millones de pesetas, un precio considerable por entonces'. La inversión se justificaba en que el trigo era un bien de primera necesidad para la hambrienta población española de posguerra. 'Se hacía acopio del trigo para la obtención la harina que después se llevaba a las zonas más deprimidas', indica.

Desde fuera, la estructura del edificio parece granítica, ' a prueba de bombas', apostilla Merás. Es uno de los tantos bloques de enormes dimensiones que se construyeron en España durante la dictadura franquista. La robustez del silo tuvo probablemente su prueba más dura a principios de los sesenta, cuando un enorme temporal cayó sobre la ciudad y provocó que se arrastrase parte del muelle ubicado delante del silo. Las fuertes olas se llevaron por delante la báscula, pero 'ni se dañaron las paredes del silo ni se produjeron filtraciones al interior del mismo'.

La época de esplendor del silo llegó hasta los años setenta, con 40 personas trabajando en su interior. 'Había de todo: descargadores de sacos, guardas y personal para limpiar el polvo que llevaba consigo el trigo', relata Merás. El paso del tiempo, sin embargo, hizo que el silo perdiese importancia al dejar de ser la compraventa del trigo un monopolio en manos del Ministerio de Agricultura. 'El silo quedó totalmente relegado con la entrada de España en la CEE', explica Merás. Fue entonces cuando empezó el principio del fin para el edificio. Incluso fue postergado a 'desempeños menores', como servir de almacén para las papeletas electorales utilizadas en los últimos comicios

Unos meses más de vida

El trabajo en el silo tendría que haber concluido ya en teoría, puesto que la Autoridad Portuaria envió el 2 de julio un requerimiento de desalojo a la empresa Transcemasa, actual concesionaria del almacén. Sin embargo, la realidad es diferente, ya que se ha concedido a Transcemasa una prórroga para que siga utilizando el silo hasta la fecha de su derrumbe. El motivo de esta prórroga es el activo uso que aún se hace del edificio, algo paradójico si se tiene en cuenta que es una construcción que tiene los días contados. Fernando Banderas, portavoz de Transcemasa, afirma que actualmente hay almacenadas en su interior '7.000 toneladas de cereales, más de la mitad de las 12.500 toneladas que tiene de capacidad total'. Por ello piensa que, pese el derribo está decidido, éste va 'para largo'. El final del silo origina opiniones enfrentadas en la ciudad. Ni siquiera los empleados se ponen de acuerdo sobre la conveniencia de su demolición. Antonio Merás aún se resiste a verlo desaparecer. 'Los malagueños no conocen bien el edificio. Es uno de los lugares con mejores vistas de Málaga', afirma mientras muestra las panorámicas del castillo de Gibralfaro, la catedral o el puerto que se divisan desde los grandes ventanales cubiertos de polvo y telarañas de la planta superior. Sus ganas de salvar el silo le llevan a plantear la posibilidad de convertir el edificio en un hotel o un museo. 'Sería rentable, porque está en la mejor zona de la ciudad', dice. Otro empleado, Luis García, de 62 años, no opina igual. No echará de menos sus dos décadas de trabajo en el lugar porque 'es una labor muy penosa'. Explica que trabajar cargando sacos y respirar el polvo que se acumula en el edificio 'no es lo más saludable'. Eso sí, recuerda con nostalgia la época en la que comenzó a trabajar en el silo, hace 20 años, cuando descargaban allí 'más de 40 camiones al día'. Un período en el que el trabajo era aún más duro, ya que 'había que subir a cuestas sacos de hasta 80 kilos'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002

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