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LA CRÓNICA

Carril-cerveza

Las cosas ocurrieron así: el jueves, saliendo de un edificio de oficinas al que había acudido para hacer un recado, un portero gruñón me dijo que no pisara el suelo recién fregado y que pasara por las hojas de periódico que cruzaban el vestíbulo hasta la calle. Eso hice. La última hoja correspondía a una entrevista con Pierre Tallet, estudioso de la alimentación en el Antiguo Egipto, publicada en La Vanguardia. Lo entrevistaba Víctor M. Amela, que siempre es una garantía, así que robé la hoja, bastante húmeda pero operativa, salí corriendo y, un poco más lejos, me puse a leerla. Mi intención era dirigirme al hotel Catalonia de la calle de Vergara para asistir a unas interesantes jornadas sobre disfunción eréctil, una cuestión que, por razones que ya les contaré otro día, me preocupa. Fui devorando la interesante entrevista con Tallet, en la que cuenta que los egipcios le daban a la cerveza cantidad. El calor, la humedad y la perspectiva de una larga y documentada ponencia sobre los problemas de erección me llevaron a cambiar de opinión. De repente, recordé que acababa de inaugurarse la 13ª Fira de la Cervesa de les Corts (hasta el 28 de julio) y, movido por esa irrefrenable energía que proporciona la sed, me dirigí hacia el lugar de los hechos.

En la zona norte de la Diagonal, el paseo ha sido invadido por una sucesión de chiringuitos que no merece la denominación de Fira

En la zona norte de la Diagonal, a partir de la calle de Numancia hasta la plaza de la Reina Cristina, el paseo ha sido invadido por una sucesión de chiringuitos que no merece la denominación de Fira. En un cartel anunciador puede leerse: Terrassa Diagonal 2000, un nombre más acorde con lo que es. A falta de recursos urbanísticos más imaginativos, el carril bici ha sido transformado en una única avenida por la que el personal fluye como si de una rambla se tratase. Un poco estrecha para según qué horas, pero ya se sabe que los bebedores tienden a obviar las incomodidades si ven recompensados sus esfuerzos. Primera sorpresa: aquí la cerveza no es lo más importante. No hay prospectos temáticos ni frases esculpidas en madera con inscripciones de, por ejemplo, máximas egipcias del tipo: 'No dejes de beber cerveza, de comer, de intoxicarte, de hacer el amor y de celebrar los días festivos', o esta otra, que sería penada por el país que la vio nacer y que haría las delicias de Tallet: 'La boca de un hombre totalmente feliz está llena de cerveza', o esa frase que Homer Simpson le soltó a su hijo Bart: 'Una mujer es como una cerveza, Bart. La encuentras hermosa, huele bien y serías capaz de pasar sobre el cadáver de tu propia madre para estar con ella'.

Segunda sorpresa: en esta miniferia de la cerveza los camareros practican el abordaje al cliente. Abordan a los visitantes ofreciéndoles las excelencias de su local. Según cómo lo hagan, parece que estén pidiendo una limosna y eso invita a sospechar de las bondades de su oferta. Pero doctores en mercadotecnia tiene la iglesia y supongo que si perseveran en esta repulsiva práctica, por algo será. Consecuencia: bebo mucho menos de lo que tenía previsto y no me gasto los euros que pensaba invertir en trabajo de campo. A un lado del carril-cerveza, hay mesas iluminadas por bombillas de colores. Al otro lado, un mar de barras bien surtidas con hectáreas de productos comestibles. El abanico es amplio: montones de pan con tomate preparado para la batalla, varias modalidades de manjares rebozados, viscosos pulpos hirviendo en una enorme cazuela y toda clase de patatas vagamente bravas custodiadas por melancólicas tortillas de patatas. Algunas de las croquetas expuestas, amenazadoras, parecen la munición de una batería anti-aérea. Entre un especialista en marisco y el rey de la empanada, un tenderete de MacDonalds en el que, curiosamente, no se sirve cerveza. En muchas de las casetas, los vasos de plástico esperan la llegada de la hora punta. Beber cerveza en recipientes de plástico debería estar penado por la ley, pero es una respuesta a los que consideran que romperse vasos de cristal en la cabeza es la mejor manera de divertirse.

El ruido va en aumento, mezclado con un hilo musical de gusto discutible y emanaciones de aceite para freír. Hay pizarras en las que se detalla la especialidad de la casa, poca normalización lingüística, muchos camareros con cara de soportar condiciones de trabajo duras, algún que otro comentario en árabe, acentos hispanoamericanos y, en general, un tipo de oferta que recuerda la Feria de Abril y otros pollos multitudinarios. Por todas partes, anuncios de marcas de cerveza y surtidores varios de Leffe, Beks, Franziskaner, Damm, Heineken, Murphy's, Bass, Budweiser... Pido una Murphy's en vaso de cristal (a esta hora, todavía es posible). Me dan una jarra llena de espuma y me dicen: 'Tranquilo, se tiene que asentar'. Se asienta, en efecto, y está muy rica, pero las estrecheces y el ruido del tráfico inducen a pensar que este no es el lugar idóneo para tomarse una cerveza tranquilamente. O, mejor dicho, que para tomársela tranquilamente, uno tendrá que consumir muchas. Así las cosas, salgo del llamémosle recinto y, unos metros más allá, entro en el pub irlandés Kitty O'Shea's. Ah, amigos. Eso son palabras mayores. El ambiente es tan agradable y la cerveza tan buena que, tras un par de rondas, incluso la disfunción eréctil deja de tener importancia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002