Cierto ambiente de huida. ¿Vacaciones? También. Pero, sobre todo, cerrar el grifo: desaparecer. Desvanecerse. Nunca como este año el gran lujo del verano consiste en dejar de existir unos días para no oír el ruido del mundo y sus monstruos. Los que no existen se ahorran de paso el estruendo de las obras barcelonesas y el dispendio de energías de los ciudadanos que nadan, desesperados, en medio de ellas. Los desaparecidos olvidan la crueldad de Oriente Próximo, los fraudes del capitalismo ultraliberal, norteamericano o no, el fracaso de la democracia real, o que se preparan un montón de desagradables campañas electorales con un fastuoso derroche de propaganda e incontables inauguraciones de obras excelsas. A los que desaparecen, las miserias del mundo no les parten el corazón constantemente. O eso se cree. O eso se sueña a estas alturas de julio: la huida. Qué gran tentación.
Los que se desvanecen no piensan en Hacienda, ni en el terrorismo, ni en el rearme policial de Occidente, ni en que las personas son, cada vez más, mercancías, productos, intercambios comerciales, beneficios, gastos y, en fin: dinero. A fin de cuentas, desaparecer del mapa, hoy por hoy, es un lujo que sólo está al alcance de cuatro o cinco multimillonarios, de cuatro o cinco divinos famosos: los mismos que no necesitan móvil y dicen impunemente lo que piensan. Lo cual, aunque sólo digan tonterías, causa mucho respeto, mucha envidia. Lo ha sentenciado Giorgio Armani, no crean: 'El lujo verdadero, hoy, es decir lo que se piensa'. Expresar lo que uno siente ante lo que ve es un lujo del tal calibre que, por lo visto, ni siquiera da para abrir un negocio.
No existir, desaparecer, pues, es un lujo. Los desaparecidos no sólo pueden expansionarse como les venga en gana, sino que nunca molestan con sus ocurrencias, con sus críticas, con sus rebeldías, con sus juegos, sean o no inocentes, sean o no productivos, estén o no a la moda. Los que no existen no gastan, no consumen, no utilizan la Seguridad Social, no son una carga para el Estado y no necesitan nada. ¿Qué mayor lujo cabe? Ya lo dijo Hans Magnus Enzensberger (en Zigzag, Anagrama, 1999): 'El máximo lujo es el aire incontaminado, el agua pura, el silencio, el tiempo sin límites y el espacio sin fin'. Es decir, todo lo que no existe más que en la imaginación prehistórica perdida, porque ya nadie se acuerda de lo que es el aire incontaminado o el agua pura y sólo los novelistas o los fantasmas fantasean con ello.
En realidad, estos nuevos lujos son un secreto a voces, y dan para todo tipo de interpretaciones. El desaparecido de lujo, claro, no es un desaparecido cualquiera, o sea, un excluido. El desaparecido de lujo tiene en su mano volver siempre que quiera. Dosificándose, para que el juego de su presencia y su desvanecimiento adquieran la dimensión deseada: todo un arte hoy. Las otras desapariciones, o sea los que no están nunca, los excluidos, tienen el inconveniente de que nunca podrán existir: ya existen y nadie los ve. Los extremos se tocan, pues, también en eso: hay desapariciones que cotizan y otras que importan tan poco que explican vocaciones kamikazes.
Cuidado, pues, con la huida que siempre se abre, con esperanza, en el verano pensando en el lujo de la desconexión: fuera teléfonos, fuera obligaciones, fuera malas noticias, fuera sobredosis de competencia, fuera lo correcto. Démonos el lujo de desaparecer. Ah, pero los monstruos acechan fuera del paréntesis. En realidad, el pequeño lujo de no ser durante unos días altera lo establecido: las vacaciones son siempre un descontrol. Tanta gente moviéndose y aspirando a desaparecer destroza todas las estadísticas, todos los programas, todas las propagandas. Y puede producir una extraña lucidez respecto a lo que hoy es el lujo. El de verdad: lo auténtico. Por unos días.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002