Han transcurrido más de dos décadas, pero todavía recuerdo perfectamente la tarde que pasé en la bien provista biblioteca del hospital neoyorquino en el que entonces trabajaba. Era un día otoñal, frío y ventoso, del año 1979. El patólogo (un colega catalán) me había llamado urgentemente para comunicarme su sorpresa ante el resultado de la biopsia pulmonar que habíamos realizado a un enfermo heroinómano afecto de una infección pulmonar que no lográbamos diagnosticar.
Estudié todos los textos que pude encontrar, mas la literatura consultada me indicaba que dicha infección solía observarse en niños gravemente desnutridos o en personas con una inmunodepresión severa. La situación era paradójica, pues en mi paciente no parecía existir razón alguna para pensar que pudiera tener su sistema inmunitario comprometido. Nadie hubiera podido sospechar entonces que nos encontrábamos ante uno de los primeros casos en el mundo de lo que ha constituido, sin lugar a dudas, la epidemia más grave que ha afectado a la humanidad desde la Edad Media.
'El médico no quería firmar un certificado de defunción para no espantar a su clientela'
'Recuerdo a la pequeña huérfana violada por miembros de la familia para la que trabajaba'
Mi trabajo ulterior, ya fuera en España, en Suramérica, en el Caribe o ahora en Uganda, se ha visto siempre condicionado por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), que ha provocado que nuestra labor sanitaria sea más ardua y conflictiva, y con demasiada frecuencia, amarga y descorazonadora. No obstante, ha sido necesario que millones de personas hayan fallecido en todo el planeta, que 40 millones estén ya infectadas y que otras 15.000 se sigan infectando diariamente para que, ¡por fin!, el mundo se haya empezado a dar cuenta del impacto y trascendencia que esta enfermedad está teniendo sobre la humanidad entera y, especialmente, a medida que nuestros conocimientos y capacidad de combate aumentan, entre los más necesitados.
Para percatarnos de la verdadera dimensión de esta epidemia en determinados países africanos -y antes de olvidar las frías estadísticas sin rostro que nos indican que en siete países más del 20% de la población adulta está ya infectada, que la esperanza de vida ha disminuido 20 años y no llega ahora a los 50, y que hay dos millones de niños huérfanos- y pasar página para leer la noticia siguiente, puede ser pertinente hacer una somera visita a la sala de nuestro hospital rural que, a orillas del lago Victoria, se encuentra rodeado de un paisaje bellísimo, y revisar a algunos de nuestros enfermos: la muchacha hemipléjica que al no poder concebir ha sido abandonada por sus tres maridos (el primero ya murió), la abuela que se prostituyó para dar de comer a sus nietos huérfanos y que ahora pesa 35 kilos, el joven que recibió una transfusión hace años al sufrir un episodio de malaria y tiene parte del rostro invadido por un sarcoma, el chófer de un político en la capital que me asegura que ya se ha curado del sida y pide que le aliviemos la dificultad en respirar, que es lo único que le preocupa, o el campesino que se encuentra en coma debido a una meningitis por hongos y que no podemos tratar por no disponer de los antibióticos necesarios...
El VIH, al generar una merma de las defensas que nos protegen de un buen número de microbios, altera la relación de fuerzas que existe entre la persona sana y los agentes considerados patógenos y otros muchos que no lo son en condiciones normales. Sin embargo, la infección por dicho virus y las circunstancias en las que se inscribe el sida, su forma patológica más grave, han hecho mucho más que desbaratar un equilibrio biológico entre varios organismos. Han puesto en evidencia con demasiada frecuencia nuestras inclinaciones individuales más inquietantes y una abundancia de actitudes sociales injustificables: los numerosos tabúes relacionados con la sexualidad; la prioridad de nuestros intereses económicos; la situación de sumisión de la mujer; la demonización de los que nos parecen diferentes o de los que imaginamos que pueden constituir una amenaza para nuestra salud o bienestar; las múltiples fuerzas represivas siempre dispuestas a ejercer su autoritarismo; la actitud de una buena parte de la Iglesia, incapaz de considerar la unión sexual de forma aislada y no siempre como una mera posibilidad de engendrar; la repulsa o indiferencia que sufren muchos grupos minoritarios y muchas actitudes más.
Me viene a la memoria un sinnúmero de imágenes que pasan ante mis ojos cansados: la pequeña huérfana en Haití violada por varios miembros de la familia donde trabajaba, y el enfado del maestro de su escuela al enterarse de que estaba infectada ('¿por qué no me lo dijo?: yo debería saberlo, porque si azoto a los alumnos y sangran...'); el médico que no quería firmar un certificado de defunción por miedo a espantar a su clientela ('compréndalo, si corre el rumor de que tengo enfermos con sida en mi consulta...'); la nota anónima que encontré en mi despacho conminándome a enviar a casa a un paciente ('por el buen nombre del hospital'); la enferma que, inmovilizada en la cama, pedía que le acercara el plato que tenía en el suelo, dejado en el dintel de su puerta; la estudiante que al explicarle que estaba infectada me aseguraba que debía de ser un error puesto que tenía un solo novio (un militar que unos años antes me había señalado que estaba infectado y le había sido siempre fiel); la universidad privada que hacía las pruebas a todos sus candidatos de forma secreta ('doctor, qué importa: los pocos que dan positivo son extranjeros'); la prohibición de repartir preservativos en las cárceles de nuestra vecina Tanzania (ya que la homosexualidad es ilegal); la trabajadora sexual encarcelada por pelear con un cliente que no quería utilizar un condón; el niño que sollozaba amarrado en su lecho lleno de excrementos ('para qué limpiarlo si morirá pronto', justificaba la encargada de la sala mientras dormitaba en su silla).
Y otras, ya no en lugares exóticos y escasos de todo, sino en casa: el afán periodístico en los albores de la epidemia por identificar a las personas infectadas; la escasa voluntad de nuestras autoridades por suministrar agujas y jeringas desechables a los establecimientos penitenciarios (puesto que allí no se droga nadie); el médico que después de notificar a mi angustiado amigo que estaba infectado nos declaró que el tiempo no le sobraba ('si quiere explicaciones, venga por la tarde a mi consultorio particular')...
Volvamos al presente. Tengo entendido que el lema de este congreso mundial es el compromiso. Me parecería muy loable el compromiso para que todo paciente pueda disponer de tratamiento, sabiendo que existen medicamentos que, administrados de forma combinada e indefinida, convierten a esta enfermedad mortal en un estado crónico que permite gozar de una buena calidad de vida. Margaret era hasta hace unos meses la enfermera jefe de nuestra sala de pediatría. Casada y con tres hijos, el marido murió hace un par de años y ella poco después empezó a perder peso y a sufrir infecciones frecuentes. Tuvo que abandonar su trabajo y en el mes de noviembre pasado, con 31 kilos de peso y sabiendo que estaba infectada por el VIH, inició un tratamiento con antirretrovirales en la capital. Ahora casi ha recuperado su peso normal y tiene ganas de volver al trabajo.
Recientemente, y como consecuencia de una campaña mundial, el precio del tratamiento se ha reducido de forma importante (de unos 1.000 dólares mensuales -1.028 euros- ha pasado a 100 dólares). El avance ha sido significativo, mas detengámonos por unos instantes en la realidad. El sueldo mensual de Margaret era de 80 dólares y al abandonar el trabajo se le concedieron tres meses más de emolumentos; después... nada. La familia del marido se apropió de su casa cuando éste murió. El tratamiento se ha abaratado, pero es obvio que Margaret no podrá pagarlo nunca... ¿Hay algún voluntario? ¿Cuánto vale una vida? ¿Una vida de alguien que ni siquiera conocemos?
El autor mexicano Sergio Pitol escribe: '...la esencia de la civilización reside sobre todo en la fuerza creativa de comprenderse y de formar un vínculo entre los hombres...' (El viaje). El biólogo Edward O. Wilson define a una sociedad como a un grupo de individuos que, perteneciendo a la misma especie, están organizados para cooperar (Sociobiology). Quisiera equivocarme, pero pienso que hasta que no dispongamos de una vacuna segura y eficaz (y tardará tiempo en desarrollarse), y a pesar de los tratamientos disponibles, el sida seguirá causando infinidad de víctimas a menos que un día decidamos ser civilizados y vivir en sociedad para poder comprendernos entre las personas y cooperar entre los pueblos.
Jaime E. Ollé Goig es doctor en el Buluba Hospital de Kampala (Uganda).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002