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COLUMNA

Vitalicios, ni Pinochet

Tan vigoroso es el poder valenciano, que cuando nuestra Comunidad se constipa, Chile estornuda. Y nada de metáforas: que eso de percibir soldadas de por vida, ya no se lleva ni en las dictaduras andinas. Ya ven cómo el propio Augusto Pinochet renuncia a su senaduría vitalicia, mientras en el solar de nuestras Cortes, cada quien se las apaña para sostener su vela. Allá, Pinochet renuncia, olvidando oportunamente su demencia senil, y se ampara en el estatuto de los ex presidentes. A modelo autonómico y con una democracia lastrada, las razones son otras: casi de prêt a porter en temporada de rebajas, y con el chorreo de la crítica ciudadana, militante y mediática, sobre los autores de esa ley a medida de los ex presidentes del Consell, a la que le han dado ligeros retoques: suprimen lo del sueldo vitalicio, y lo dejan en 15 años, en su condición de miembros del Consejo Jurídico Consultivo. No son vitalicios, pero llegan forrados de laurel y euros a la jubilación.

Qué de rotos y descosidos. Avisados por la bullanga, Joaquim Puig y Alejandro Font de Mora hicieron el paripé de las modificaciones, y se aprobó la ley, con sensibles ausencias socialistas y el no de EU. Cada uno de los portavoces remendones se explicó a su manera: el popular echó mano del argumento propio de quien no ve más allá de la chequera: preservar con la paga la 'dignidad y el decoro' de los ex, como si los ex carecieran de oficio y estuvieran incapacitados para velar por sus dignidad y decoro, con el alto privilegio de su calidad de ciudadanos. El portavoz popular admitió, como su homólogo socialista, que las protestas habían obligado a ciertos cambios. Cosas del pueblo al que se ha pretendido confundir, y hay que atajar esa confusión. ¿ No se le ha ocurrido que, a lo peor, la confusión fue poner el voto en la cesta del PP, sin que nadie la atajara entonces? Ximo Puig estuvo más lacónico: 'Queremos un reconocimiento a los ex presidentes, no privilegios'. ¿Y quién discute ese reconocimiento y la seguridad y los tratamientos protocolarios y honoríficos que les corresponden? Y, si puede saberse, ¿quién rompe un palillo por los alcaldes, por su dignidad y decoro, aparte de alguna empresa constructora o sociedad de aguas? ¿Quién denuncia el desamparo de los ediles?

El despropósito se ha consumado, con algunas livianas mudanzas, para calmar a cuantos, con protestas y críticas, comienzan a recuperar su espacio político y su protagonismo, muy por encima del de sus representantes circunstanciales, pasajeros y, con demasiada frecuencia, ventajistas. Y las consecuencias, ya las enunció el cronista, en esta misma página, hace una semana: eran tan evidentes como engañosas. Maese Zaplana, que no tiene un pelo de tonto ni de prebendado, reitera desde Bruselas su renuncia a percibir sueldo del CJC, cuando deje la presidencia del Consell. Mientras, Joan Lerma, no se pronuncia. Es la duda hamletiana, que ahora conturba a quien rechazó, en su momento, el sueldo de la cesantía ministerial.

Manos mal que lo del Consell Valencià de Cultura, ya va por arriba incluso de la derecha silvestre, y descansa en paz. Pero ni se preocupen: ahora es corte, más que consell, de milagros, y puede resucitar al tercer año. En efecto, está todo enmerdado y bien enmerdado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002