Se maravillaba el doctor Claudio Pecci, del Mapei, de que Óscar Freire no hubiera seguido nunca el protocolo. '¿Pero cómo?', le decía por la mañana no dando crédito a sus oídos, '¿que no conoces el protocolo? Entonces ¿cómo calientas antes de la contrarreloj?'. 'Pues me subo al rodillo y me dejo guiar por las sensaciones', le contestaba el campeón del mundo, prototipo de incontaminado corredor natural. 'Pedaleo y sudo hasta que creo que estoy bien, y salgo'. 'Nada, nada, eso hay que cambiarlo', le propuso Pecci. 'Hoy harás el protocolo'.
Freire cumplió con el protocolo, y no le fue nada mal: perdió sólo 20s con el intratable Armstrong, y, de regalo, por fin se enteró de que el protocolo son 45 minutos de rodillo, tres cuartos de hora para una carrera de 10 minutos, sí, en los que las pedaladas, la cadencia y las pulsaciones están perfectamente controladas. Se empieza tranquilo, subiendo poco a poco, luego se hacen un par de progresiones fuertes y se deja estabilizar el corazón a 150-160 pulsaciones, un 80% más o menos de su capacidad. Después de un buen rato sudando, se busca hacer un par de picos, y se acaba. El corazón ya está a punto. Una pastilla de bicarbonato, para que haga de tampón con la subida del ácido láctico, la que da dolor de piernas al comenzar, y a comerse el prólogo.
Y como Freire descubrió, todos los que le rodeaban hacían su propio prólogo de protocolo. También Lance Armstrong que, como todos los detalles del Tour, tiene perfectamente estudiado el asunto desde que hace tres años ganara el prólogo del Puy du Fou. Pero el americano añade al lado científico el detalle humano. Desde el ruido del rodillo, la toalla empapada en sudor y miradas al pulsómetro informador, Armstrong ha ido viendo crecer su prole. Siempre su hijo, que andará por los cuatro años, ha estado ahí, zascandileando entre mecánicos, masajistas y médicos, viendo cómo a su papá se le cae la baba. Y ayer, más. Con un bidón de bebida intentaba saciar la sed de su padre, mientras al lado, la madre y la niñera le daban el potito a las gemelas que tuvo hace siete meses. Armstrong no quiso beber del bidón que le tendía el hijo, pero sencillamente porque ese detalle no entraba en el protocolo, no porque fuera mal padre. ¿Cómo va a ser mal padre alguien que declara después de conseguir su 36º maillot amarillo del Tour: 'Mi mayor ambición es ganar a todos por mi familia'?
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002